FELIZ 2017

Hace casi un año, cuando la candidatura de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos de América pasó de ser un chiste a una posibilidad más que seria, me dio por reflejar mis temores al respecto en un desvarío que titulé “La Trampa de Trump”.

Mi inquietud aumentó cuando, una vez elegido, se trocó de encantador de serpientes  en director de circo y empezó a elegir para su gobierno a lo mejor de cada casa.

Nadie puede estar tranquilo viendo como el muy lumbreras nombra jefe de la diplomacia a un amiguete de Putin y Presidente de Exxon, como responsable de educación a una paladín de los colegios privados, como responsable del Tesoro a un exdirigente de Goldman Sachs (si, esos que soltaron la mierda en la que nadamos hoy), como responsable de medio ambiente a un señor que niega el calentamiento global y como Secretario de Defensa a otro que llaman “Perro Loco”, seguro que porque es todo bondad y conciliación, entre otros, y que además resulta que son el ramillete de gobernantes más ricos de la historia, seguros adalides, pues, de la igualdad de clases.

Vamos, que solo le falta poner a pirómanos reincidentes al frente de todos los parques de bomberos y chamanes en los hospitales públicos, e incluso se rumorea que en CSI van a cambiar a David Caruso por Charles Manson.

No se puede negar que a día de hoy la trampa se ha cerrado.

Pero tengo que reconocer que todas mis preocupaciones eran infundadas y que ya no temo a la incertidumbre creada por la elección de Trump, porque ahora tengo la absoluta certeza de que vamos a morir todos.

Y es que a la llegada de Trump y sus Jinetes del Apocalipsis, se suma el hecho de que a su rebufo han cobrado fuerza y han salido a la luz otras calamidades igual o más nefastas para nuestro futuro. Cual chiquillos haciendo travesuras, adolescentes ligando un domingo por la tarde,  invitados acechando los canapés o humanos en cualquier actividad gregaria que se tercie, una vez que el primero se ha decidido, todos van detrás.

Cierto es que antes del advenimiento de esta mezcla de Daniel el Travieso y Hulk que se va a mudar a la Casa Blanca ya andaban los orcos agitándose por ahí, máxime desde aquello de la crisis que nos cayó o nos soltaron encima y que tan bien les ha venido a los de siempre para medrar a costa de los demás.

Ya por entonces los movimientos de extrema derecha crecían en poder e intensidad en muchos países, como Francia, Holanda, Grecia, Austria, entre otros.

Igualmente, algunos líderes empezaban a cuestionar la autoridad de las instituciones en las que años antes se morían por entrar, como Hungría y el resto de los países del Grupo de Visegrado (Polonia, República Checa y Eslovaquia) ejerciendo una disidencia permanente en la Unión Europea, por no hablar de los países Balcánicos (Ah, los Balcanes, ese bonito avispero), e incluso países que en el último siglo se habían constituido en pilar de las alianzas occidentales y de la propia Unión decidían largar velas y volver a su aislamiento atlántico.

Y por si faltara poco, Mr. Putin, tras acabar de reunir los pedazos de la URSS y constituirse en el nuevo “padrecito”, iba más allá de las bravatas en cueros colgadas en internet y tanteaba la fuerza y decisión del resto de países fomentando sin querer queriendo la secesión en Ucrania, apoyando al régimen sirio o mandando a pasear sus aviones por El Ferrol.

Pero desde la llegada de Trump, todos aquellos que actuaban desde las sombras o al menos desde la excepción han dado un paso al frente y de ser reprobados como “políticamente incorrectos” y se han convertido en nueva tendencia, igual que la vuelta de los pantalones fuseau (otra señal de que el mundo se acaba). El “saltemos por los aires” es el nuevo negro.

Porque ahora va y resulta que se descubre que Rusia fue la que propició y auspició el vuelco electoral en USA, y todo el mundo acepta el hecho tan naturalmente, y Putin actúa ya abiertamente como potencia predominante en oriente medio.

Las neoderechas ya no son una anécdota sino una alternativa cuando no una realidad de gobierno en muchos países, y los que todavía no lo son (en Austria se han librado por los pelos) se frotan las patitas como la Sra. Le Pen. Ya no son los parias políticos, sino los amos del cotarro.

Y, por si fuera poco, se deshilachan las uniones y alianzas que mantenían un precario equilibrio en este de natural convulso mundo nuestro, con Trump (si, otra vez ese que en breve podrá apretar el botoncito nuclear como quien tira de la cadena) ciscándose abiertamente en una esclerótica ONU que tiene los días contados, los socios de la Unión Europea más mosqueados que la familia Annibal Lecter en nochebuena, barriendo cada uno pa su casa y echando incienso en el cadáver de la abuela mientras se reparten las joyas, e Israel que ya no se “ajunta” con medio mundo a dos pasos de una cuna de la civilización” campan a sus anchas varios miles de ceporros deseosos de acabar con ella, medrando en la lucha de poderes políticos y económicos que tienen allí su campo de juegos (y sus campos petrolíferos).

Por no hablar de la que tenemos liada por esta Iberia nuestra… pero esa es otra historia.

Señores, disfruten del 2017, que podría ser el último…

ANTORCHAS

La luna le levanta sobre las primeras casas del pueblo, la calma del bosque se ve alterada por un rumor que crece hasta convertirse en el vocerío de una muchedumbre exaltada, al borde del paroxismo. Los cuchillos, hoces y horcas brillan al ser blandidas bajo la luz de las antorchas. La masa, sin saber muy bien quién o como inició aquella avalancha, marcha hacia la casa del alcalde, o hacia el castillo, o hacia la casa de la vieja que vive sola en el monte… y allí sucede lo inevitable.
Esta podría ser una de tantas escenas que hemos visto o leído en innumerables películas, libros o series, desde Frankenstein a Shrek, y que hoy en día creemos que es cosa de la ficción o del pasado, al menos en estos andurriales que denominamos “sociedad avanzada”.
Nada más lejos de la realidad. Esta escena se repite diariamente miles de veces en miles de lugares a lo largo del planeta, o mejor dicho, en un solo lugar, si realmente lo es, ese que llaman el ciberespacio.
Sin embargo, en las modernas cazas al hombre ya no se blanden hoces y antorchas (sospecho que más de uno se cortaría una mano o se quemaría el pelo, más que nada por falta de costumbre), ni se avanza en manadas, sino que nos basta un teclado de cualquier tipo.
Con la llegada de las “nuevas tecnologías” un término que en si mismo ya se está quedando anticuado, el milenario deporte de darle a la sin hueso para poner al prójimo a caldo, tan arraigado en el ser humano, ha pasado de tener la repercusión local de un campeonato de lanzamiento de huesos de aceitunas a la mundial de unos juegos olímpicos, con consecuencias escalofriantes.
Resulta asombrosamente fácil para cualquiera hoy en día, amparado en el anonimato o a nick descubierto, iniciar una de tales campañas basadas muchas veces en infundios,   en medias verdades, o incluso en hechos ciertos torticeramente utilizados, las más de las veces todo ello bien envuelto en una capa de pretendida justicia, y que ello encuentre eco en miles de personas que en muchos de los casos desconocen todo del asunto y se dejan llevar por un concepto, una moda, el aburrimiento o la pura mala baba.
Y aunque salvo en raras ocasiones este linchamiento supuestamente virtual, pero que es muy, muy real, no acaba con su objetivo en la hoguera, colgado de un árbol o clavado en su puerta, las consecuencias, merecidas o no, pueden ser igualmente devastadoras a nivel personal o social.
La mayoría de nosotros estaría completamente indefenso contra una de esas campañas, pero mientras no nos afectan preferimos ignorarlo o incluso aprovecharnos y montar alguna que otra vez en uno de los caballos de esa Caza Salvaje telemática.
Por una parte, nos encontramos con una débil protección jurídica, agravada recientemente con la despenalización de los supuestos más “leves” de este tipo de actos, lo cual merece ya todo un ensayo y una profunda reflexión, pues lo que para el Juzgador puede ser leve, para la persona afectada puede llegar a ser un drama.

Asimismo nos encontramos con la difusa, móvil y, por qué no reconocerlo, laxa y arbitraria línea jurisprudencial entre la libertad de expresión y el derecho al honor, cuyo dial va recorriendo la escala en función muchas veces de quienes sean el ofensor y el ofendido, sin que pueda llegar a establecerse un criterio claro.
Por otra parte, nos topamos con grandes dificultades técnicas en la persecución de tales conductas, y es que, en todo esto, como en las películas de Louis de Funes, mientras los culpables van en Porsche, los perseguidores van en un dos caballos, habida cuenta de la falta de medios e instrumentos tanto físicos como jurídicos, para la persecución del ciberdelito. Algunos todavía no se han enterado que los Vaquillas cada vez son menos, y que cada vez la delincuencia, como casi todo en esta vida loca que llevamos, se ha pasado de las calles a los bits, y que a pesar de ello se sigue combatiendo el crimen como en tiempos de Jack el Destripador, y casi siempre con los mismos fútiles resultados.
Los lábiles controles de identificación en la red permiten, es más, es lo más común, obtener cuentas e identidades que nos permiten actuar de cualquier forma en cualquier ámbito y medio electrónico sin tener que facilitar ni un solo dato verdadero, y eso nos llevaría a un debate, que no es objeto de esta chapa que estoy soltando, entre si debe primar la libertad o la seguridad en este y en todos los ámbitos de la vida.
En la mayoría de los casos, cuando se produce un delito informático, no se puede investigar quién se encuentra tras el Vengadordulce o Pichafría32. Con cierta lógica, cuando la justicia se decide a lidiar con los oscurantistas protocolos de los proveedores de servicios informáticos, los pocos recursos disponibles se destinan a asuntos graves como delitos sexuales, principalmente contra menores y similares. Nada que oponer, sino reclamar el aumento de tales recursos para que puedan cubrir otros delitos.
Y es que el resto estamos desnudos como gusanos frente a cualquier indeseable. Para obtener una condena, además de las dificultades jurídicas ya indicadas, hay que invertir grandes cantidades en intentar obtener la más mínima prueba y enzarzarse en costosos procedimientos, no siempre con garantías de éxito. Sólo quien dispone de grandes medios puede adentrarse en dichos caminos, y muchas veces la recompensa es magra. Si en algún momento se consigue acreditar que fulanito es el cazador de turno, se le cancela el blog, se anula su cuenta y se le obliga a rectificar, nada le impide acudir de nuevo a la red bajo otro nombre y volver a empezar, y el ciclo continúa, como cuando en los dibujos animados intentan tapar con manos y pies los agujeros que van saliendo en el casco del barco, por no hablar de que resulta prácticamente imposible dirigirse contra todos los que lo siguieron en su “noche de las bestias” particular.
No sé si la solución es dejarlo estar en aras a garantizar la libertad de expresión y apretar el culo para que no nos toque nunca ser la presa, o intentar un mayor control sobre los flujos en la red, con la pérdida de libertades consiguiente, unas libertades de las que muchos componentes de este género humano en el que tan poca fe tengo no saben hacer buen uso.
Lo que si se es que con esta deriva no estamos conduciendo con un mono con una ballesta, sino con un mono con el dedo apoyado en el botón nuclear (y eso que Trump todavía no ha ganado las elecciones).

Y CORREA SE SOLTÓ EL CINTURÓN…

…y se puso cómodo, y empezó a largar (a buenas horas) con el yonkie del dinero reconvertido a yonkie de la atención mediática y gurú de la justicia poética haciéndole los coros desde Valencia, que se le abren a uno las carnes y se le agrian los humores de oír hablar con tanto descaro y desparpajo del trasiego de dineros e influencias y de los “hurtamientos” públicos a los que al parecer se dedicaron algunos con verdadera vocación, denuedo y fruicción a partes iguales durante años y ante nuestras narices.

Era el momento esperado, el momento para el que se estaba preparando la oposición desde que todos aprendimos la traducción del alemán de la palabra gürtel. Después de tantas negativas en directo (o vía plasma) y sarcasmos en diferido, trapicheos judiciales y navajazos políticos, tocaba recoger la cosecha de las investigaciones realizadas contra viento, marea y políticos, y resulta que las mieses se van a pudrir en los campos porque no hay nadie para recoger los frutos de tanto esfuerzo.

Y ello porque resulta que casualmente ha sido el momento esperado por las huestes susanistas para cruzar su Rubicón particular justamente cuando venía más crecido (que ojo tenemos, oiga), con el sigilo y discreción de una banda de hooligans blasfemando en un salón de té, y luego perderse camino de Roma, porque ahora parece que no saben pa donde tirar.

El resultado, en todo caso, es que el Partido Popular va a cruzar el bache de credibilidad más profundo desde su creación pisando alegremente sobre las cabezas de sus enemigos, sin ensuciarse el dobladillo con la mierda del fondo, de rositas y sin tener que enfrentarse a unas elecciones porque me juego las patillas a que Rajoy gana la investidura mientras el PSOE le canta aquello de “Pisa morena, pisa con garbo…”. Y es que lo último que me faltaba por oír era a los nuevos “dirigentes” socialistas recogiendo la consigna de la Vicepresidenta Saez con pinta de niña de Santamaría de que las Gürtels, las Taulas, Palmarenas, Bárcenas, Acuameds et j’en passe son cosa del pasado y pelillos a la mar… que solo le falta eso, a la pobre.

Luego, dentro de cuatro años, y suponiendo que un PSOE cainita y descabezado o un Podemos cual águila bicéfala y casquivana consigan hilvanar un remedo de oposición, ya que no cuento ni a los Ciudadanos que giran al sol que más calienta ni a los nacionalistas, puesto que a este paso las nuevas fronteras de España van a estar en La Rioja y en la Franja de Aragón, todo esto será realmente pasado, los nuevos desmanes se habrán hecho con más tiento, y seguiremos en las mismas o en las peores, sea con don Mariano o con otro, eso ha dado siempre igual, pues muchas son las cabezas de la Hidra.

Según las últimas noticias, unos señores trajeados a las puertas de Génova 13 han sacado una gaviota de una caja, la gaviota ha visto su larga sombra, y que no había nadie que arrojase luz sobre el futuro, y han vaticinado que el invierno será muuuuuuuuy largo…

PALIO

Avanzas por la Toscana a las siete de la mañana de un 16 de agosto, día de Palio de la Asunción, para poder llegar pronto a Siena y aparcar en un lugar decente.

“Avanzar” es un decir, porque las carreteras toscanas son una colección de baches de toda condición y dimensión engarzados en una delgada cinta de alquitrán en forma de subidas, bajadas, tirabuzones y curvas cerradas que te hace pensar que todos los diseñadores de montañas rusas del mundo deben de ser de la zona y que te impiden mantener la tercera o cuarta marcha durante más de veinte metros seguidos. Eso sí, todo con mucho encanto.

Los pueblos y las colinas van desfilando hasta llegar a Siena, donde ese GPS maléfico que se complace en llevarte por los caminos por los que hasta las cabras se santiguan te conduce derechito, ¡Oh sorpresa! a la explanada de la Fortezza Medicea donde por suerte Luigi, el hijo de tu casera, te dijo durante la cena de anoche que podrías aparcar si ibas pronto, y aun así pillas uno de los últimos sitios.

Luego sólo hay que incorporarse al personal que fluye por la Via Vittorio Veneto hasta el centro urbano. Son las nueve de la mañana.

Paras para desayunar en un kiosco junto al puente ya que con las prisas has salido en ayunas, admirando la ciudad que aparece majestuosa del otro lado, salida de la historia misma. El sol asciende prometiendo el calor que se espera de él a mediados de agosto, y él siempre cumple sus promesas.

Luego coges aire y cruzas el puente para sumergirte emocionado en las calles que parecen hechas para lucir iglesias, palacios, palacetes y hasta las más humildes casas supervivientes de la época dorada de la ciudad mientras el entusiasmo te cosquillea en el corazón y no sabes dónde mirar.

Las calles aparecen engalanadas con los estandartes de las contradas, que la gente luce al cuello en forma de ornamentados pañuelos. No puedes evitar entrar en la primera tienda de recuerdos y colocarte uno, aunque parezcas un tanto (un tanto mucho) garrulo. Luego sales luciendo orgulloso el emblema de la contrada del Drago, aunque como te lo has comprado de los “no muy caros” el dragón parece más bien una lagartija ebria, pero eso no lo ves, totalmente ganado a la causa como estás, caminando por otros siglos.

Cumplimentas la visita obligada a la ciudad, pegado a la guía, y acabas en la espléndida catedral, también ella engalanada con los estandartes del palio. Durante tus callejeos te cruzas cada vez más frecuentemente con personajes vestidos de época, caballeros, pajes, damas, burgueses, sueltos o en procesión, en silencio o precedidos de tambores y clarines. El Palio va adquiriendo su crescendo.

Como quien se reserva el mejor bocado para el final, llegas por último a la Piazza del Campo. Allí acabas de apreciar la verdadera dimensión de lo que se avecina. La plaza, majestuosa de por sí, está dominada por la Torre del Mangia que nunca creíste que verías en persona. Hay gradas de madera levantadas en todo su perímetro, a los pies de sus palacios y ante sus lonjas. Una pista de albero amarillo brillante rodea la plaza. Del otro lado, un vallado de madera soportado por pequeñas columnas que se levantan cada seis o siete metros delimita la parte interior de la pista por donde va a discurrir la carrera, de forma que el centro de la plaza parece un enorme cercado donde pululan un centenar de personas. Son las doce y media de la mañana.

Mientras visitas el Ayuntamiento te planteas un serio dilema: pasar el resto del día por la ciudad y profundizar la visita o quedarte en la plaza para intentar tener un buen sito para la carrera. Has preguntado cuánto vale un asiento en las lonjas, y del susto casi se te desatan las sandalias y has creído oír cómo el dragón del pañuelo se atragantaba.

Es la una de la tarde, el eco de la leyenda te dice que debes quedarte a presenciar ese espectáculo único, tu temperatura corporal te dice que busques un restaurante fresco y coqueto para comer y te olvides del asunto. El sol sonríe socarrón en lo alto.

Al final te decides y adquieres las provisiones que crees que necesitarás, una caja de galletas saladas, y dos botellas de agua. Iluso.

Como eres muy listo, eliges el lugar más alto de la plaza para poder dominar todo el recorrido. Ocupas tu puesto y te dispones a esperar observando al personal, todavía relativamente escaso.

Los unos se adosan a la valla, como tú, otros se cobijan bajo la sombra de la torre y van desplazándose con ella a lo largo de las horas, como un minutero humano sobre el pavimento.

Al cabo de tan solo media hora empiezas a odiar al sol de la Toscana, que te martillea la cabeza. Espabilados comerciantes venden agua y paraguas de los chinos a un precio que ni el diablo pagaría por tu alma.

Tu voluntad flaquea, te vuelves a plantear lo de la terraza fresquita, pero aguantas, claudicas y compras un paraguas, que, todo sea dicho, su papel hace.

Las colas para refrescarse en la fuente se van poblando al mismo ritmo que la plaza. Aparece una simpática pareja de españoles que se van a convertir en tus compañeros de infortunio. Un poco más allá una familia de franceses han tomado posiciones. Todo el perímetro de la valla está más o menos ocupado.

En ese momento, cuando ya no quedan buenos sitios, el sol ha avanzado lo suficiente como para darte cuenta de lo idiota que eres, y que el punto donde estás tendrá muy buena vista pero será el último en tener sombra.

A las dos y media te crees en el infierno, te has enrollado el pañuelo en la cabeza y lo mojas con el agua, que parece evaporarse a un ritmo endiablado.

El alivio llega a eso de las tres en forma de un camión cisterna que pasa para regar el albero, y junto con todos los demás le reclamas agua como el rico epulón reclamaba a Lázaro. No te defrauda y acabas empapado y contento. A esas alturas ya has perdido toda la vergüenza, y aguantar en la plaza se ha transformado en una cuestión de amor propio.

A las cuatro de la tarde ya no sabes si lo que chorrea por tu cara es el agua, el sudor o tus sesos, te sabes de memoria los palacios y la Torre del Mangio, que no quieres volver a ver en toda tu vida.

En ese momento se cierra la trampa, la plaza queda clausurada, no se puede entrar ni salir, abandonar ya no es una opción. Toda su superficie está ya ocupada.

Luego aparecen ellos, los chicos de Valdimontone. Porque resulta que te has puesto justo enfrente de su tramo de gradas, el de su contrada, y como no tienen dinero para un asiento aquella docena de jovenzuelos mezcla de chulito de mister Ripley y jaque veronés, con sus bermuditas, sus chanclas y su pelo que parece lamido por un camello se dedican a hostigar al personal para quitarles el sitio.

Cual ejército bien organizado, algunos toman las columnillas que sostienen la valla, y otros se dedican a incrustarse en la primera fila. Crece la tensión entre quienes llevan achicharrándose cuatro horas para coger sitio, como tú, igual que crece en un rebaño cuando llega el lobo. Algunos se dejan hacer, a otros les crecen codos extra. Otros se les enfrentan abiertamente, como el padre de la familia de al lado. Saltan las manos y los insultos.

A una orden del cabecilla, Lillo, encaramado junto a tu posición, los ánimos se relajan y los matones de medio pelo quedan al acecho, metiendo un pie, un brazo, un hombro, en cualquier resquicio que les permita acceder a la valla. El sol ya es lo de menos.

Para no pasarte el resto de la tarde lidiando con semejantes gañanes, llegas a un acuerdo con Lillo y con el que te pilla más cerca que también parece el más tono: ellos no te joden la marrana durante la carrera, pero en cuanto acabe les dejas paso para que puedan saltar al albero. “Pas de problème”.

A las cinco empieza a pasar algo, alguien que parece mandar da la vuelta a la plaza escoltado por carabinieri deseosos de hacerle la pelota. Miras a ver si sorprendes a Vittorio de Sicca filmando la escena.

Luego, un cuerpo de guardia montada vestido de gala forma una fila y empieza un trote cochinero alabarda en ristre por la parte contraria de la plaza a la tuya, ves como avanza hasta que en la última curva los pierdes de vista, preparas tu camarilla y sacas un brazo y medio cuerpo por encima de la valla para poder fotografiarlos cuando pasen, menuda foto. De repente oyes un trueno, y en un ¡Ay! Aparece la formación montada, alabardas bajadas y a galope tendido. Un ángel tira de ti en el último momento y te libra de quedar ensartado como un pollo en un espetón. ¡Tu suerte continúa!

A las cinco llega el Cortejo Histórico, donde representantes de todos los barrios y gremios desfilan durante dos horas y pico vestidos de época, caballeros, pajes, artesanos y burgueses, escoltando a los caballos participantes. Una especie de moros y cristianos pero sin moros, vamos, pero hay que reconocer que es muy espectacular. Con el lanzamiento de banderas que has visto mil veces por la tele y que es una de las razones de que hayas soportado tamaño calvario te hinchas a hacer fotos.

A eso de las siete empiezan los preparativos de la carrera, un ritual para determinar las posiciones de salida del que por mucho que te esfuerces no entiendes un pijo. Durante la siguiente media hora te preguntas cien veces por qué no empieza aquello de una vez.

 

Luego todo pasa en un suspiro, los caballos y sus jinetes que montan a pelo se lanzan en una carrera desenfrenada hacia la gloria, y la presión sobre los que están en primera fila (tú) se multiplica por mil. Sientes hasta la última veta de la madera de la valla clavada en tu pecho mientras ves pasar el remolino multicolor de hombres y animales, y la multitud empieza a vociferar como posesos.

Sigues con dificultad la evolución de la carrera a lo largo de la plaza mientras consigues recuperar el resuello y sientes la energía electrizante y primigenia, casi brutal, que rebosa de aquel recinto.

En la segunda vuelta varios caballos pasan ya sin jinete, consigues ver la segunda pasada de aquella caza salvaje y desaforada, y es todo lo que ves… porque los de Valdimontone se han dado cuenta de que, por primera vez desde hace más de diez años (maldita sea mi suerte) su jinete va en cabeza, y empieza el pifostio…

Ya me había advertido Luigi que con el Palio los de Siena se vuelven un tanto tarumbas, pero esto es como retroceder más de cien mil años en la evolución humana. Gentes de todos los tamaños y edades te pasan por encima y saltan la valla para invadir la pista (a tomar por saco el pacto), a pesar de que la carrera continúa y los caballos continúan su loca progresión.

A duras penas consigues protegerte de aquella barahúnda y retrocedes un tanto para alejarte del epicentro. Cuando consigues levantar la cabeza sin peligro la carrera ha terminado y todo el perímetro de la pista está invadido por los sieneses que aúllan vitoreando al ganador, que medio desnudo sostiene en alto el Palio…

Cuando la cosa se calma un tanto y abren la plaza te alejas lentamente mientras anochece en Siena y la resaca de la carrera se extiende por la ciudad, las gentes comentan excitados, se reúnen en las sedes de las contradas, buscan un lugar donde cenar.

A medida que te alejas del centro hacia el coche la cosa se va calmando, se van imponiendo el silencio y el nocturno toscano, mientras te preguntas si has vivido un horror o una cosa maravillosa…

BREXIT

Tienen diferentes pesos, diferentes medidas, diferente moneda, un sistema legislativo distinto al continental, se las arreglan para no aplicar o excluirse de la mayoría de leyes europeas (no están el Shenguen, ni en el euro, por ejemplo) y hasta conducen por el lado opuesto de la carretera.

Si, son nuestros amigos los ingleses, que el próximo día 23 de junio votan si se van o se quedan en eso que, ya con cierta rechufla, creo yo, se viene llamando la Unión Europea.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, no se qué diferencia va a haber si se quedan o se van quienes nunca llegaron a estar demasiado.

Ellos seguirán viniendo a incinerarse a Torremolinos o a Benidorm, conduciendo por la izquierda, desafiando al sistema métrico, adorando a su Reina, que Good salve muchos años, porque cuando la palme aquello va a ser la traca, defendiendo a bombín y paraguas sus iconos (léase “England, England” de Julian Barnes, de obligada lectura) y decidiendo sobre el destino continental desde Whitehall y la economía mundial desde la City como hasta ahora, desde la distancia, como quien toca una caquita de perro con un palo.

Nosotros seguiremos yendo a Londres y enamorándonos inexplicablemente de esa ciudad, añorando una campiña en la que la mayoría no hemos estado, destrozando su idioma, teniéndolos como referente cultural y de moda, comprando en Harrod’s bagatelas a precio de oro y jurando por Lady Di que la BBC es la mejor televisión del mundo.

La cosa esta del referéndum no es nueva, ya lo intentaron en 1975, pero si en aquel entonces ganó claramente la permanencia, las encuestas muestran que en esta ocasión la cosa no está nada clara, y que lo que nació como una maniobra electoral de David Cameron para mantenerse a flote en 2013 va a transformarse en un obús desbocado que puede estallar a cualquiera de los dos lados del canal.

En todo caso, si se tiene en cuenta que la gran mayoría, por no decir la totalidad, de actores económicos, desde las grandes empresas e inversores hasta la propia Hacienda Pública Británica o el Banco de Inglaterra, auguran una significativa recesión de la economía Británica, así como una merma de la influencia del país en la geopolítica global, cabe preguntarse a qué tanto entusiasmo y tantas ganas de largarse como muestra una parte de la sociedad.

A nivel de ciudadano medio, es comprensible que se dejen llevar por los temores que, por otro lado, son los de muchos otros países de la UE, y que explotan de forma populista los defensores del brexit, a saber, la inmigración y la injerencia de la Unión Europea en la política británica.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta de que mucho antes de que naciese nadie capaz de imaginar que “unión” y “europea” pudiesen contenerse en una misma expresión sin partirse la caja de la risa, el Reino Unido, Inglaterra, Gran Bretaña, Las Islas Británicas y todas sus variantes ya eran objetivo, por su prosperidad y oportunidades, de todo tipo de inmigración, mucho más acusada de la que puedan estar protagonizando hoy en día los ciudadanos de la Comunidad Europea.

Dejando aparte los tópicos de los invasores sajones, daneses y normandos que forman la base de la población británica pure souche actual, han llegado a sus costas cual aluvión del río de la historia hugonotes franceses, judíos de toda procedencia, exiliados políticos y económicos de todo pelaje, rusos rojos, rusos blancos, griegos, italianos o  irlandeses, por no hablar de los inmigrantes “autoimportados” de las colonias del imperio, indios, pakistanis o caribeños, entre otros, y eso no va a cambiar estén o no en Europa, por lo que el stop a la inmigración no parece un argumento demasiado válido.

En cuanto a la influencia europea en las normas británicas, desde este lado del canal da al menos la impresión de que es precisamente al revés, y que son países como UK o Alemania los que guían las palabras y los movimientos de la Unión como un ventrílocuo inmisericorde cuidándose bien de que sus actos y decisiones redunden en su favor y no les salpiquen demasiado quedándose, sobre todo Gran Bretaña, como se ha dicho, al margen de sus obligaciones principales y quedando lejos de cualquier cosa que pueda llamarse integración.

No, partiendo de la base de que les prestamos algo más de dos dedos de frente a quienes a lo largo de la historia, y a pesar de su aislamiento insular, han ejercido una poderosa influencia en el destino continental y mundial, el que buena parte de sus dirigentes, que son quienes al final van a llevar a la población a decidir una cosa u otra, aboguen por lo que a priori supondría una catástrofe económica para ellos hace sospechar que ven un poco más allá que el resto, o al menos se atreven a manifestarlo, y que su huída de la Unión Europea responde a otros motivos que, a la larga, podrían resultar más perjudiciales que perder algunos puntos del PIB. Dos son los candidatos que se me antojan más probables.

En primer lugar, no ha de perderse de vista que la Unión Europea está a punto de firmar el TTIP, ese infame libelo que va a suponer una argolla al cuello de Europa que la dejará económicamente, y quién sabe si políticamente, a merced de Estados Unidos y de las grandes corporaciones multinacionales. No es descabellado pensar pues que estas prisas por dejarnos no sean otra cosa que un intento de no dejarse atrapar en semejante ratonera y continuar siendo dueños de su destino, como casi siempre lo han sido. Al menos esta es la postura de una parte de los políticos británicos, que ven en el TTIP una amenaza a los servicios públicos, derechos laborales y autonomía política de su país.

Aunque, por otra parte, existe quien opina precisamente lo contrario, que ante las crecientes reticencias surgidas en el seno de la UE contra el TTIP, lo que el Reino Unido buscaría sería unirse al tratado aunque no lo hicieran sus socios (o ex socios) europeos, por entender que una economía fuerte como la británica resistiría y saldría reforzada si suscribiera el tratado desde una posición dominante y no aborregado junto con los demás “socios europeos”, que con socios así, quién necesita enemigos.

De todas formas, en uno y otro caso estarían dando cumplimiento al dicho típicamente inglés de “If I’m hot People can laugh”…

 

La segunda posibilidad que podría justificar las ansias separatistas de quienes no hace nada se oponían a su separación de Escocia (precisamente con el argumento de que Escocia saldría de Europa si se independizaba, que andan ya los kilts revolucionados en caso de Brexit) es una realidad palmaria: La Unión Europea se va al carajo, por usar un eufemismo.

Si ya desde su fundación y posterior expansión muchos países llegaron a ella dando el “si quiero” con la puntita de los labios y con un pie retrasado, siempre listos para dar marcha atrás, en estos nuestros revueltos tiempos hemos llegado a un punto de fractura.

Y es que, según se ve desde aquí abajo, los socios más ricos han puesto la directa y se dedican a exprimir a los menos influyentes imponiéndoles unas condiciones de convivencia leoninas y casi coloniales, qué os voy a contar.

A lo que hay que añadir la llegada de cada vez más socios que no acaban de asimilar aquello de asumir las normas y decisiones de las instituciones europeas, bien por no estar acostumbrados a someterse a instancias superiores a su soberanía nacional o bien, precisamente, por haber estado sometidos demasiado tiempo a organizaciones dictatoriales, o directamente por provenir de órbitas culturales demasiado diferentes. Estos países se ciscan directamente en Reglamentos, directivas, recomendaciones o acuerdos, y van a su aire al menor indicio de que no les conviene lo que dice mamá Europa, véase como último ejemplo de ello el tema de los refugiados.

El caso es que por arriba o por abajo, unos y otros están tirando demasiado de la manta europea, y es cuestión de tiempo que ésta, tan zurcida ya, se rompa por alguna costura, no siendo de extrañar que los ingleses, tan previsores, quieran evitar que la cosa les pille en medio haciendo mutis por Picadilly Circus.

 

O, a fin de cuentas, puede que a mí se me haya ido un poco la olla esta última hora.

 

¿Ché sara sara? O como diría el bardo inmortal, remain or not remain…

 

LA TRAMPA DE TRUMP

Yo no sé en qué andarán pensando allende los mares, concretamente en los Estados Unidos de Norteamérica, pero parece que de tanto en tanto sienten la necesidad vital de liarla parda para que al mundo entero le den un vuelco los higadillos, desde el Motín del té hasta la Guerra de Irak, pasando por la crisis de los misiles, la guerra de secesión o Vietnam.

La próxima catástrofe en ciernes se llama Donald Trump.

Después de varias intentonas y campañas fallidas, donde pocos tomaban en serio a aquel muchimillonario excéntrico y vociferante, está a punto de conseguir lo que parecía imposible: convertirse en un candidato con posibilidades de ser Presidente de los USA, ahí es ná.

Lo que parecía una nueva edición de sus juegos florales, al fin y al cabo es un genio de la comunicación, eso no se lo va a negar nadie, va camino de convertirse en una tragedia griega a escala mundial.

Si es que ya lo dice el refrán, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. El problema es que esta vez nos lo van a romper en “tolcocoroto”.

Si creíamos que en cuestión de presidentes iluminados lo habíamos visto todo con Reagan, mucho me temo que el Sr. Trump va a parecer que el bueno de Ronald parezca un intelectual, Nixon un santo y Teddy Roosevelt y su Big Stick una hermana ursulina.

Su apellido significa “triunfo” y “pedo”, y los dos le vienen al pelo (bueno, mejor no hablamos de su pelo), porque triunfar no se puede negar que ha triunfado, y peer, se pee en todo el mundo, desde los latinos hasta los musulmanes, pasando por las mujeres, los pobres y el mismísimo Papa.

¿Es que quienes están aupándolo a la candidatura del partido Republicano, y sus potenciales electores, no ven que si hacen presidente a este señor, maletín nuclear, comercio internacional, TTIP y mayor ejército sobre la tierra incluidos, están poniendo el mundo en sus manos como quien regala un scalextric al niño psicópata de Toy Story?

Mi temor ante tal perspectiva, desde mi ignorancia, sólo es comparable al de los bomberos de Roma cuando vieron a Nerón sacar el chisquero.

Y mi esperanza es que, si finalmente gana la presidencia, las mentes frías del ala oeste de la Casa Blanca lo pongan en vereda.

Y si no, ya podemos rezarle a San Juan para que adelante el Apocalipsis, que aunque menos entretenido nos va a ser más liviano….

QUÉ HEMOS HECHO…?

… para merecer esto? pues votar a toda esta cuadrilla.

La cara de tontos o de algo peor que se nos va a quedar a vuelta de elecciones cuando a no mucho equivocarme esta panda de mastuerzos se repartan los garbanzos más o menos en la misma proporción que el pasado diciembre y se vuelvan a liar con aquello de quién se come la morcilla, quién los tuétanos y quien se conforma con lamer el plato.

Y todo por pensar más en el propio puchero antes que en el bien común aunque claro, el bien común es alto tan relativo como el elegir a qué comunidad queremos hacer el bien, (clases altas, clases bajas, clases medias, pequeños empresarios, grandes fortunas, monopolios con cómodas puertas giratorias) porque, por mucho que se escurecen en decir lo contrario, cuando PP, PSOE, Podemos (que manía con las “P”) Ciudadanos y el resto de cortejos se parten la boca hablando del bien común, en su cabeza no se están representando lo mismo.

Los intereses de todos estos conjuntos fluctúan y se interseccionan, y evidentemente es muy difícil satisfacerlos todos, pero es que ni siquiera lo han intentado, obsesionados como estaban en jugar al rey de la montaña.

Y es que si el sentido común, del que han demostrado carecer, es el menos común de los sentidos, el bien común es también el más escaso de los bienes, y cuesta alcanzarlo.

Ahora nos espera una campaña electoral de la que no quiero ni hablar, y a la que me enfrento dividido.

Por una parte dan ganas de enviarlos a todos a hacer puñetas, freír espárragos, tomar viento, tomar otra cosa o cualquier otra actividad lúdica que se les ocurra, por no oírles prometer lo que ni siquiera han intentado cumplir y echarse las culpas unos a otros como críos de primaria, y es que solo de pensarlo se me revuelven los entresijos.

Por otra parte, todavía me queda un hilillo de conciencia que me impide caer en la trampa de la indiferencia o de la abstención a guisa de castigo que entre todos estos catetos han armado y que no puede servir sino para perpetuar en el poder a quienes desde la podredumbre cada vez más manifiesta han venido ostentándolo los últimos años, a los que han asistido divertidos al despelleje mutuo de todos estos advenedizos, y que finalmente van a salir reforzados de toda la confusión y el espectáculo de prepotencia y de impotencia que los que se vendían como nuestros salvadores nos han dado estos últimos meses.

Pero lo que hace realmente aborrecibles a todos esos politicuchos es que si el común de los mortales, desde el quinto anfiteatro, se da cuenta de lo que está por venir, los que están en la arena lo deben tener por seguro, y aun así nos llevan al abismo.

Y lo que da ganas de llorar es darse cuenta de que no hay alternativa, pues lo que se nos presentó como tal no es sino otra cara del mismo mal.

España, angelico mio, en qué lío te has metio.