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Como cada 17 de mayo me asomo a Torgalmenningen para ver la procesión cívica de Bergen. Los mástiles están engalanados con banderas nacionales. El monumento a los marinos de todas las épocas guarda imperturbable la entrada de la plaza, esperando la llegada de los estandartes, los globos y la música.

Pero este año no habrá celebración. Hoy la plaza está vacía y lluviosa. Solo algunos irreductibles pasean con el traje típico, y el lugar de las multitudes lo ocupa una patrulla de las fuerzas de seguridad que vigila para evitar concentraciones. Pequeños grupos de paseantes fuertemente abrigados atraviesan el espacio en todas direcciones, rumbo a sus reuniones familiares. Algunos repartidores en bicicleta descansan bajo el árbol frente a los almacenes Sundt, ya verde y frondoso en esta nueva primavera.

Sobre las doce y media, el sol ha asomado tímidamente durante dos minutos, en un intento de animar la fiesta fallida, todo un esfuerzo puesto que en Bergen la lluvia es la reina todo el año, y a la una ha retomado la ciudad en un asalto definitivo.

Las gaviotas derivan sobre la plaza, arrastradas por el  fuerte viento, que sube por la avenida con una promesa de mar.

 

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