FERRAGOSTO

Hay un antes y un después de Ferragosto, el día que marca la verdadera mitad del año. Conforme se acerca la fecha, el mundo se ralentiza, se sumerge en una especie de gelatina espacio-temporal compuesta de calor, sudor, vacaciones, y la extraña sensación de que no hay nada más allá del quince de agosto.

Los comercios cierran, las administraciones se paralizan (aun más), las televisiones se dedican a reponer truño sobre truño, los periódicos menguan, aunque no su precio, los programas deportivos se dan cuenta de repente de que, ¡Oh! maravilla, hay otras disciplinas como el atletismo, la petanca o las chapas, y la gente reduce su actividad al máximo, como una especie de hibernación estival, esperando el rasante, la ola que nos permitirá superar el arrecife, el deshielo más allá del cual la vida continuará su curso, un tanto precipitadamente.

Estamos en esos días mágicos, o infernales, según se mire, en esa semana en la que la vida se echa la siesta.

Pero este año algo es diferente. Cada verano, los políticos cerraban el chiringuito, los mercachifles enterraban el hacha de guerra y la cambiaban por el rastrillo de plástico, y los medios no tenían nada para llevarse al colmillo más que las formas de las bañistas chisporroteando al sol, las pateras, las colas, los guiris, los espetos, el posado de la Obregón, las fiestas del pueblo y las denominadas “serpientes de verano”.

Este verano, sin embargo, subrepticiamente, algo se agita en este nuestro pantano ibérico por debajo del barro, y no son precisamente serpientes de verano, sino peligrosas anacondas del tamaño del cuello de culturistas sobreciclados que en cualquier momento pueden surgir y darnos el “apachusque” del que no nos salva ya ni el “santoleo”, o corrientes de cieno (llamémoslo mierda, por qué no), que se pretende hacer circular ahora que estamos medio atontolinaos.

Así, a principios de agosto, Mr. President salió a destilar aguachirli en el Congreso, con la mitad de la población con los pies en el mar y la otra por esos mundos de Dios, y los menos afortunados surfeando en el sofá y enganchados a aquello de “Sálvame cuando no pueda más en el Campamento de Verano y me tire Puente Viejo abajo”.

Luego, al alba, con viento de levante, vino lo de Gibraltar, por un tirame allá esos bloques, y todos a sacar las banderas rojigualdas y los bañadores apretaos, que somos españoles, coño, con los Civiles montando pirulas en la verja, los ingleses montando naumaquias en el estrecho y nosotros amenazando con ir a la ONU a reivindicar nuestros derechos y hacer valer nuestro “peso internacional” (risas).

Mientras, en pleno Ferragosto, con canícula y alevosía, pasa a declarar por el Juzgado la plana mayor del Partido de los Pájaros por aquello de los sobres, con todo el mundo mirando pal chiringuito, para que no se note.

Y, finalmente, in cauda venenum, asoman en el pantanal las burbujas del próximo bicho que van a soltarnos, la rebaja de los sueldos en un diez por ciento, insinuada por la Sra. Lagarde, que al mismo tiempo tiene el morro supremo de subirse el suyo un once por ciento, y coreada por sus palmeros europeos. Si es verdad aquello de que Dios aprieta pero no ahoga, casi mejor nos pasamos a la teocracia, porque con las manos de estos cabrones al cuello la cara ya nos pasa del azul gaviota al morado anochecer. Digo yo si no será la solución hacer que el FMI y la Unión Europea trasladen sus sedes a Tomelloso, a ver si entonces tienen huevos de bajar los sueldos en España.

En resumen, todo esto está pasando, pero apenas lo vemos a través de las legañas post-cabezadita, y, si lo vemos, nos la trae al pairo, que se está muy bien en la tumbona (Maria, de paso que te rascas la oreja llégate a la nevera y tráeme otro zumo) y a este paso la sensación de que no hay nada más allá puede llegar a ser algo más que una sensación. ¿Conocéis el chiste del mete-saca? Pues abrid las piernas.