PAN CON PAN

Uno es sensible y se le abren las carnes cada vez que ve el anuncio aquel de la televisión en el que una madre en carestía le da para merendar a su hija dos rebanadas de pan, diciéndole que es un bocadillo mágico y que puede imaginar que está relleno de lo que quiera, para que la fértil y famélica imaginación infantil le lleve a creer que efectivamente está comiendo algo riquísimo.

Esta escena, que puede chocar a muchos jovenzuelos pero que a los que rondamos la cuarentena nos recuerda situaciones que vimos de demasiado cerca en nuestra infancia, antes de que nos llevaran a vivir a una Jauja de cartón-piedra, y que por desgracia vuelven a ser demasiado comunes en nuestros días, puede equipararse a lo que están haciendo con nosotros nuestros queridos gobernantes estas últimas semanas.

Los que un día se burlaron de aquella ingenuidad de los brotes verdes, ahora nos quieren hacer creer que vivimos en el bosque de Sherwood, nos bombardean anunciándonos que el fregado en el que nos metieron aquellos que desarrollaron a ultranza sus ideas de ultraliberalismo, que, dicho sea de paso, solo les gusta cuando se llenan los bolsillos, porque cuando vienen mal dadas se vuelven los más intervencionistas del mundo, que la crisis, dicen, se acabó en este país de sagitario, que de todas partes del mundo nos tiran los millones a la cabeza, que está entrando el dinero a espuertas, que la economía se recupera, que llueve bebida y nieva comida, como dirían los hobbits, que los adoquines son de pan y vuelven a correr los ríos de leche y miel.

Y así, a lo mejor, a fuerza de decírnoslo, nos lo creemos, y seguimos comiendo pan con pan, como los tontos, aguantándoles a ellos y todo lo que nos echan encima y pensando que es maravilloso.

Y lo peor de todo es que quizá sea cierto, que nuestra deriva ya no es tan mala, que vuelven los recursos, que la fortuna vuelve a sonreír, pero dicha sonrisa está reservada a unos pocos que aprovechando la situación para hundir al común de los ciudadanos y elevarse pisoteando sus cabezas para que no puedan volver a levantarse, se encuentran ahora solos en lo alto del montón para apropiarse de ese maná.

Porque mientras se sigan estrangulando los recursos destinados a educación, sanidad, investigación y desarrollo, asistencia social etc… y sin embargo se siga malgastando el dinero a espuertas en fastos, sueldos, sobresueldos y veleidades y el tiempo en discusiones baladíes; mientras los bancos pregonen y multipliquen sus beneficios y sin embargo sigan desarrollando una gestión mefistofélica y cada vez den menos a cambio de más; mientras algunos hagan ostentación de una riqueza indecentemente adquirida y sin embargo cada vez más gente no solo pasa hambre sino que se le priva el acceso a aquellos productos y servicios que podrían mejorar su situación actual y garantizar su futuro y el de sus hijos, condenándolos a engordar una nueva casta de intocables; mientras se usen las leyes para consolidar un ideario e instaurar un nuevo thermidor y sin embargo se sigan atando las manos y levantando las faldas de la Justicia para que los “magnates mangantes” escapen entre sus piernas, no podré dejar de tener la sensación de que nos están mintiendo o, al menos de que nos están robando el relleno del bocadillo.

EL MAGO DE OZ

Tenemos nuevo Papa. Un señor que se mueve con soltura y habla claro, o claramente, en lugar de arrastrar los pies y farfullar cosas casi ininteligibles, algo que no habíamos visto en décadas.
En estos pocos días se dice que el Papa Francisco promete una nueva era en la Iglesia, una iglesia pobre y para los pobres. El nuevo Papa paga sus cuentas, como los Lannister, viaja en utilitario o en autobús, hace chistes, se acerca a los fieles, los abraza, abre las puertas del Vaticano, reprime a los pederastas y a quienes los encubren, es humilde y campechano (vaya, ¿les recuerda a alguien?).
Ha elegido su nombre, dice, en honor a San Francisco de Asís, enemigo de los fastos papales, y en cuatro días ha puesto a temblar a todo el entramado de intereses políticos y económicos que es y siempre ha sido el Vaticano, pues no nos engañemos, las intrigas, los juegos de poder y la acumulación de riquezas e influencia ha sido siempre la principal actividad de la cúpula eclesiástica.
No digo que eso sea ni bueno ni malo, no me corresponde a mí juzgar. A aquellos detractores radicales del fasto Vaticano cabe preguntarles si creen que sin esta posición predominante en el mundo desde hace milenios, política y económica, sin la influencia y el poder que ello proporcionaba a la Iglesia, se hubieran hecho muchas de las costas buenas que, no nos engañemos, se han hecho. Y a los que defienden los complots, el sometimiento del pueblo, el adoctrinamiento radical, el terror instaurado por la iglesia en muchas épocas de la historia, el oscurantismo y el alineamiento con las fueras más tenebrosas de la humanidad, el nepotismo y la intolerancia, entre otros, como mal menor y medio para alcanzar dichos fines, habría que preguntarles si el precio ha valido la pena.
Pero lo que resulta innegable es que la pompa, el lujo, el ceremonial, el hieratismo y, por qué no, el misterio, son y han sido el escenario desde el que el Papado, en las alturas, ha desarrollado su actividad y ejercido su influencia en el mundo, mantenido la unidad y el poder de la iglesia, igual que el Mago de Oz lo hacía a través de sus ilusiones y artificios.
Si, como parece prometer, este nuevo Papa está dispuesto a dejarse ver, derribar los decorados, mostrarse tal cual es, “Hominus sine machina”, un hombre con sus valores y sus defectos, y desengrana la maquinaria Vaticana, si renuncia a la fascinación que ejerce sobre muchos de sus fieles y al poder sobre gobiernos y los intereses que gobiernan el mundo, habrá que pensar si ello va a beneficiar su labor y los fines de su Iglesia, o va a suponer la pérdida de ese poder e influencia, y con ello el declive tan anunciado por santos, visionarios y profetas.
Entusiasmados con este nuevo Papa, y lo que parece simbolizar, muchos le piden que lidere revoluciones, que se haga de Greenpeace, que reparta los tesoros de la Iglesia.
Pero el verdadero tesoro de la Iglesia no está en sus arcones, en los bancos, en los cuellos y dedos de sus prelados, cuyo reparto sólo proporcionaría un alivio transitorio. El verdadero tesoro de la Iglesia consiste en responder por fin al cabo de dos mil años a las expectativas que generó y convencer por fin al mundo de que la mejor forma de vivir es en paz, en armonía y en igualdad.
No se trata de crear una Iglesia para los pobres, Papa Francisco. Se trata de que no haya pobres.
Y trabajo les queda.

EL MAGO DE OZ

Tenemos nuevo Papa. Un señor que se mueve con soltura y habla claro, o claramente, en lugar de arrastrar los pies y farfullar cosas casi ininteligibles, algo que no habíamos visto en décadas.
En estos pocos días se dice que el Papa Francisco promete una nueva era en la Iglesia, una iglesia pobre y para los pobres. El nuevo Papa paga sus cuentas, como los Lannister, viaja en utilitario o en autobús, hace chistes, se acerca a los fieles, los abraza, abre las puertas del Vaticano, reprime a los pederastas y a quienes los encubren, es humilde y campechano (vaya, ¿les recuerda a alguien?).
Ha elegido su nombre, dice, en honor a San Francisco de Asís, enemigo de los fastos papales, y en cuatro días ha puesto a temblar a todo el entramado de intereses políticos y económicos que es y siempre ha sido el Vaticano, pues no nos engañemos, las intrigas, los juegos de poder y la acumulación de riquezas e influencia ha sido siempre la principal actividad de la cúpula eclesiástica.
No digo que eso sea ni bueno ni malo, no me corresponde a mí juzgar. A aquellos detractores radicales del fasto Vaticano cabe preguntarles si creen que sin esta posición predominante en el mundo desde hace milenios, política y económica, sin la influencia y el poder que ello proporcionaba a la Iglesia, se hubieran hecho muchas de las costas buenas que, no nos engañemos, se han hecho. Y a los que defienden los complots, el sometimiento del pueblo, el adoctrinamiento radical, el terror instaurado por la iglesia en muchas épocas de la historia, el oscurantismo y el alineamiento con las fueras más tenebrosas de la humanidad, el nepotismo y la intolerancia, entre otros, como mal menor y medio para alcanzar dichos fines, habría que preguntarles si el precio ha valido la pena.
Pero lo que resulta innegable es que la pompa, el lujo, el ceremonial, el hieratismo y, por qué no, el misterio, son y han sido el escenario desde el que el Papado, en las alturas, ha desarrollado su actividad y ejercido su influencia en el mundo, mantenido la unidad y el poder de la iglesia, igual que el Mago de Oz lo hacía a través de sus ilusiones y artificios.
Si, como parece prometer, este nuevo Papa está dispuesto a dejarse ver, derribar los decorados, mostrarse tal cual es, “Hominus sine machina”, un hombre con sus valores y sus defectos, y desengrana la maquinaria Vaticana, si renuncia a la fascinación que ejerce sobre muchos de sus fieles y al poder sobre gobiernos y los intereses que gobiernan el mundo, habrá que pensar si ello va a beneficiar su labor y los fines de su Iglesia, o va a suponer la pérdida de ese poder e influencia, y con ello el declive tan anunciado por santos, visionarios y profetas.
Entusiasmados con este nuevo Papa, y lo que parece simbolizar, muchos le piden que lidere revoluciones, que se haga de Greenpeace, que reparta los tesoros de la Iglesia.
Pero el verdadero tesoro de la Iglesia no está en sus arcones, en los bancos, en los cuellos y dedos de sus prelados, cuyo reparto sólo proporcionaría un alivio transitorio. El verdadero tesoro de la Iglesia consiste en responder por fin al cabo de dos mil años a las expectativas que generó y convencer por fin al mundo de que la mejor forma de vivir es en paz, en armonía y en igualdad.
No se trata de crear una Iglesia para los pobres, Papa Francisco. Se trata de que no haya pobres.
Y trabajo les queda.