VIDA ARRIBA, VIDA ABAJO.

Hoy me siento a teclear sin acritud, intentando obviar los palos que nos llueven de todos lados. Bueno no, casi que de uno solo. Pero como he dicho me he propuesto no manchar el monitor con espumarajos de rabia.

Y es que esta semana, dentro de unos días, mi cuerpo cumple treinta y nueve años. A partir del viernes, el próximo será mi último año vida arriba, antes de alcanzar esa edad innombrable que se me antoja la cima de nuestra vida. Después nos queda avanzar vida abajo, hacia un fin más o menos lejano, bajar la pendiente ya sea pisando placenteramente laderas herbosas, ya dando tumbos por pendientes abruptas, o incluso agarrados desesperadamente a una pared vertical.

Ahora, desde el campamento tres de mi expedición vital, me tomo un respiro, breve, para echar la vista atrás, y veo que no me puedo quejar.

Escaladas las habido peores, la mía solo me ha dejado algunas agujetas y un principio de congelación en el alma conforme he ido descubriendo la naturaleza humana. He visto luces, las más, y he visto sombras, las menos, he compartido ascensión con gentes extraordinarias y con otras a las que gustosamente hubiese echado a rodar montaña abajo. He intentado no pisar a nadie. He vivido bien y sin excesos, he contemplado el maravilloso espectáculo del Sol sin quemarme.

Pero mi mayor satisfacción es que sigo encontrando placeres íntimos en las cosas sencillas, pequeños descansos que suavizan el camino, sorbos de agua fresca para la garganta reseca que todos llevamos en nuestra cantimplora secreta, momentos hermosos y frágiles que nos envuelven como pompas de jabón y nos aíslan por un tiempo, antes de explotar y dejarnos de nuevo expuestos al mundo.

La deliciosa alienación del espíritu al sumergirse en las letras, al leer o escribir, incrustarse bajo las mantas cinco minutos más en una mañana fría de invierno, ver cómo el fuego nace de las entrañas de un montón de ramitas cuidadosamente dispuestas, el juego de la luz en los cristales, el baile de las hojas de mi roble favorito junto a la Chapelle St. Pierre, la textura áspera de su corteza, la calma de las noches de Fournès, la breve satisfacción del trabajo bien hecho antes de atacar el siguiente esfuerzo Sisífico, el atávico hormigueo de incertidumbre en el estómago al anochecer, la suave fragancia de tu nuca, la luz del Sol tamizada por un cielo cubierto, evocación de las Highlands, el aullido del mistral, incluso, por qué no, la suave y agradable sensación de enrollar la mantita de pelusa que se forma en el filtro de la secadora.

En esas grietas de la realidad clavo el piolet para seguir ascendiendo hacia esa curva más allá de la cual aguarda la nueva aventura. Y es que amenaza tormenta más allá de la cumbre.

Nos vemos al otro lado.