CUENTO POR NAVIDAD

En la Nochebuena, aproximadamente a la hora en que todos revoloteamos en torno a la mesa primorosamente puesta al acecho de los aperitivos cual zombies ante un refugio humano, esperando la señal de ataque o que alguno rompa el protocolo para seguirle en la brecha, a esa hora, digo, en que nadie hace ni puñetero caso de la televisión, aparecerá el monarca en ejercicio para contarnos el mismo cuento de siempre por navidad.

 Eso si, es una historia contada en clave, porque desde que este que suscribe tiene uso de algo remotamente parecido a la razón, hace ya muchas lunas, el mensaje navideño del jefe del estado se ha caracterizado por una sucesión y repetición de indirectas y alusiones veladas en plan “alguien ha matado a alguien”, como diría Gila, a lo que él cree que está pasando en el país, tan veladas, que adivinar su significado e intenciones daba para días y días de comentarios, eso si, únicamente radiofónicos y hercianos, porque al común de los mortales se la suele traer al pairo, amén de no entender ni jota.

 Así, en un tono alegre y distendido como si se hubiera tragado un cirio pascual, oímos normalmente salir de la regia boca sin vergüenza alguna aquello de que “todos somos iguales ante la ley” en lugar de decir claramente que “mi familia se lo lleva muerto y a vosotros os llevan al huerto”, referirse a la “unidad y riqueza cultural de España” en lugar de atacar directamente la cuestión vasca o catalana, o hablar de la “difícil situación” de nuestro país en lugar hablar claro de la devaluación de los servicios públicos, la escalada de la deuda que no se ve compensada con una mejora de los mismos sino todo lo contrario (¿ande va el dinero, digo yo?), el aumento de la corrupción y de la desigualdad fiscal, o de la desigualdad a secas, que hace que unos se deleiten con espuma vaporizada de cuajo de gamba malaya con esquirlas de vieira de corral a cinco mil machacantes el plato, y otros, cada vez más, se las ingenien para sacar adelante un potaje de guijarros en el que mojan una foto de un pan recortada de una revista, porque en directo el pan ni lo ven ni lo esperan.

 Eso sí, sin dar soluciones ni hacer por darlas o exigirlas, o siquiera propinar un telecapón a quien corresponda, que ya podría aprender, al menos en eso, del Cardenal Bergoglio, alias Papa Francisco, quien ha aprovechado los votos navideños para cantarles las cuarenta a los suyos (que me da a mí que ya pueden los romanos ir buscando un puñaíto de paja seca y otra mojada, que a este le da una miajita de apechusque por casualidad y se lo meriendan antes de la Santa Cena).

 Vamos, que nuestro querido monarca siempre se ha caracterizado por ponerse de perfil, tan de perfil que en lugar de un Rey del siglo XXI parecía más un Faraón de los de siempre…

 ¿Pasará igual este año? ¿Habrán cambiado de guionistas en la Zarzuela, igual que de protagonista? ¿Veremos un spin-off de los mensajes anteriores o el mismo capítulo de siempre? La solución el 25 de diciembre, fun, fun, fun.

 

P.S.: Pasen una Navidad lo más feliz posible, e intenten sobrevivir a ella.

 

EL MAGO DE OZ

Tenemos nuevo Papa. Un señor que se mueve con soltura y habla claro, o claramente, en lugar de arrastrar los pies y farfullar cosas casi ininteligibles, algo que no habíamos visto en décadas.
En estos pocos días se dice que el Papa Francisco promete una nueva era en la Iglesia, una iglesia pobre y para los pobres. El nuevo Papa paga sus cuentas, como los Lannister, viaja en utilitario o en autobús, hace chistes, se acerca a los fieles, los abraza, abre las puertas del Vaticano, reprime a los pederastas y a quienes los encubren, es humilde y campechano (vaya, ¿les recuerda a alguien?).
Ha elegido su nombre, dice, en honor a San Francisco de Asís, enemigo de los fastos papales, y en cuatro días ha puesto a temblar a todo el entramado de intereses políticos y económicos que es y siempre ha sido el Vaticano, pues no nos engañemos, las intrigas, los juegos de poder y la acumulación de riquezas e influencia ha sido siempre la principal actividad de la cúpula eclesiástica.
No digo que eso sea ni bueno ni malo, no me corresponde a mí juzgar. A aquellos detractores radicales del fasto Vaticano cabe preguntarles si creen que sin esta posición predominante en el mundo desde hace milenios, política y económica, sin la influencia y el poder que ello proporcionaba a la Iglesia, se hubieran hecho muchas de las costas buenas que, no nos engañemos, se han hecho. Y a los que defienden los complots, el sometimiento del pueblo, el adoctrinamiento radical, el terror instaurado por la iglesia en muchas épocas de la historia, el oscurantismo y el alineamiento con las fueras más tenebrosas de la humanidad, el nepotismo y la intolerancia, entre otros, como mal menor y medio para alcanzar dichos fines, habría que preguntarles si el precio ha valido la pena.
Pero lo que resulta innegable es que la pompa, el lujo, el ceremonial, el hieratismo y, por qué no, el misterio, son y han sido el escenario desde el que el Papado, en las alturas, ha desarrollado su actividad y ejercido su influencia en el mundo, mantenido la unidad y el poder de la iglesia, igual que el Mago de Oz lo hacía a través de sus ilusiones y artificios.
Si, como parece prometer, este nuevo Papa está dispuesto a dejarse ver, derribar los decorados, mostrarse tal cual es, “Hominus sine machina”, un hombre con sus valores y sus defectos, y desengrana la maquinaria Vaticana, si renuncia a la fascinación que ejerce sobre muchos de sus fieles y al poder sobre gobiernos y los intereses que gobiernan el mundo, habrá que pensar si ello va a beneficiar su labor y los fines de su Iglesia, o va a suponer la pérdida de ese poder e influencia, y con ello el declive tan anunciado por santos, visionarios y profetas.
Entusiasmados con este nuevo Papa, y lo que parece simbolizar, muchos le piden que lidere revoluciones, que se haga de Greenpeace, que reparta los tesoros de la Iglesia.
Pero el verdadero tesoro de la Iglesia no está en sus arcones, en los bancos, en los cuellos y dedos de sus prelados, cuyo reparto sólo proporcionaría un alivio transitorio. El verdadero tesoro de la Iglesia consiste en responder por fin al cabo de dos mil años a las expectativas que generó y convencer por fin al mundo de que la mejor forma de vivir es en paz, en armonía y en igualdad.
No se trata de crear una Iglesia para los pobres, Papa Francisco. Se trata de que no haya pobres.
Y trabajo les queda.

EL MAGO DE OZ

Tenemos nuevo Papa. Un señor que se mueve con soltura y habla claro, o claramente, en lugar de arrastrar los pies y farfullar cosas casi ininteligibles, algo que no habíamos visto en décadas.
En estos pocos días se dice que el Papa Francisco promete una nueva era en la Iglesia, una iglesia pobre y para los pobres. El nuevo Papa paga sus cuentas, como los Lannister, viaja en utilitario o en autobús, hace chistes, se acerca a los fieles, los abraza, abre las puertas del Vaticano, reprime a los pederastas y a quienes los encubren, es humilde y campechano (vaya, ¿les recuerda a alguien?).
Ha elegido su nombre, dice, en honor a San Francisco de Asís, enemigo de los fastos papales, y en cuatro días ha puesto a temblar a todo el entramado de intereses políticos y económicos que es y siempre ha sido el Vaticano, pues no nos engañemos, las intrigas, los juegos de poder y la acumulación de riquezas e influencia ha sido siempre la principal actividad de la cúpula eclesiástica.
No digo que eso sea ni bueno ni malo, no me corresponde a mí juzgar. A aquellos detractores radicales del fasto Vaticano cabe preguntarles si creen que sin esta posición predominante en el mundo desde hace milenios, política y económica, sin la influencia y el poder que ello proporcionaba a la Iglesia, se hubieran hecho muchas de las costas buenas que, no nos engañemos, se han hecho. Y a los que defienden los complots, el sometimiento del pueblo, el adoctrinamiento radical, el terror instaurado por la iglesia en muchas épocas de la historia, el oscurantismo y el alineamiento con las fueras más tenebrosas de la humanidad, el nepotismo y la intolerancia, entre otros, como mal menor y medio para alcanzar dichos fines, habría que preguntarles si el precio ha valido la pena.
Pero lo que resulta innegable es que la pompa, el lujo, el ceremonial, el hieratismo y, por qué no, el misterio, son y han sido el escenario desde el que el Papado, en las alturas, ha desarrollado su actividad y ejercido su influencia en el mundo, mantenido la unidad y el poder de la iglesia, igual que el Mago de Oz lo hacía a través de sus ilusiones y artificios.
Si, como parece prometer, este nuevo Papa está dispuesto a dejarse ver, derribar los decorados, mostrarse tal cual es, “Hominus sine machina”, un hombre con sus valores y sus defectos, y desengrana la maquinaria Vaticana, si renuncia a la fascinación que ejerce sobre muchos de sus fieles y al poder sobre gobiernos y los intereses que gobiernan el mundo, habrá que pensar si ello va a beneficiar su labor y los fines de su Iglesia, o va a suponer la pérdida de ese poder e influencia, y con ello el declive tan anunciado por santos, visionarios y profetas.
Entusiasmados con este nuevo Papa, y lo que parece simbolizar, muchos le piden que lidere revoluciones, que se haga de Greenpeace, que reparta los tesoros de la Iglesia.
Pero el verdadero tesoro de la Iglesia no está en sus arcones, en los bancos, en los cuellos y dedos de sus prelados, cuyo reparto sólo proporcionaría un alivio transitorio. El verdadero tesoro de la Iglesia consiste en responder por fin al cabo de dos mil años a las expectativas que generó y convencer por fin al mundo de que la mejor forma de vivir es en paz, en armonía y en igualdad.
No se trata de crear una Iglesia para los pobres, Papa Francisco. Se trata de que no haya pobres.
Y trabajo les queda.