TODOS SOMOS DORIAN GREY

En estas fechas en las que se repite el tópico de plantearse buenos propósitos y el “sobretópico” de proponerse firmemente no cumplirlos, nada impide que aprovechemos esa corriente introspectiva para revisar qué aspectos de nuestro acervo personal pueden ser mejorados o deben ser directamente eliminados, porque antes de añadir un piso a la casa, mejor apuntalar el sótano.

 Y es que me he vuelto a encontrar por ahí el sombrero de filósofo de pacotilla, y al ponérmelo me ha dado por pensar que en mayor o menor medida todos actuamos en nuestra vida como el señor Grey (Dorian, no Christian, no se vayan a creer…).

 Así, tendemos a desterrar de la imagen que nos formamos de nosotros mismos algunos de aquellos aspectos que pudieran afearla o provocar nuestro propio rechazo, como envidias, instintos demasiado bajos, pereza, laxitud, desapego, estima por la suegra, insolidaridad, vilezas varias, etc… o al menos los disfrazamos con excusas y justificaciones, para que cuando nos asomemos a nuestro espejo interior sólo veamos lo que queremos ver y nos sintamos a gusto con nosotros mismos.

 El resto queda confinado en un oscuro y reservado desván, tras puertas acerrojadas de ignorancia de la mejor calidad y capas y capas de inconsciencia voluntaria, bien atado con un cordón de olvido, pudriéndose, macerando en su propia ignominia, acumulando capas y capas de moho y suciedad y volviendo el desván y la casa misma cada vez más insalubre, adquiriendo paulatinamente un mayor peso en nuestra conciencia, lastrando nuestros actos y nuestras decisiones, aunque no seamos conscientes de ello.

 Que nuestro propósito sea pues abrir el desván, taparse la nariz y echar un vistazo a lo que hay dentro, hacer una lista con ello y ver lo que necesita una buena limpieza, qué puede restaurarse y qué debe simplemente tirarse. No sólo nos desharemos de un montón de basura, sino que tendremos más espacio en una casa más luminosa, limpia y aireada.

 Y si no puede ser para el Año Nuevo, pues que sea una limpieza primaveral, o ya de cara al verano…

 Vaya, creo que tendré que empezar con lo de procrastinación para el 2015, o mejor para el 2016.

 

EL CALENTON. ESPECIAL SAN VALENTIN.

En las películas americanas los niños se regalan tarjetas de San Valentín.
Cuando yo era joven la gente normal se regalaba flores o bombones, y se iba uno a cenar con la pareja de turno al sitio más rumboso posible en función de sus idems.
Más tarde, llevados por la “fiebre consumista”, pasamos a mayores, y además, que no en lugar de, regalábamos una pequeña joya, un bolso, una corbata, un perfume (me refiero a la gente normal, no a los pastosos que se intercambian ferraris), para degenerar finalmente, en la era cibernética, en móviles, lápices de memoria, tabletas, libros electrónicos etc…
No soy yo de los contrarios a regalar en San Valentín, pues aunque sus detractores predican que el amor no se demuestra en un día y se muestran prestos a despellejar al querubín que ha usurpado el lugar del santo, entiendo que no está demás sublimar u condensar en esa fecha lo que normalmente nos es difícil mostrar con adecuada intensidad en este rafting sin fin que es nuestra vida. Los símbolos son importantes.
Pero este año me ha dejado “patidifusa” una nueva moda, el que resulta ser el regalo estrella para este San Valentín: Las novelas de calentón.
La cosa empezó con la trilogía de Grey, que dejó a media humanidad al borde del coma erótico, a la que, al albur de tamaño éxito, le han surgido cientos de imitadoras, como ya ocurriera con las dragonadas, la novela negra escandinava, la fantasía infantil de niños magos, o la fantasía juvenil de medio muertos enamorados que brillan como una pescadilla, doncellas con menos sangre que una lata de atún (fíjate tu para que le va a servir al anterior) y fox-terrier hiper-hormonados.
Pues bien, como decía, en los medios y en la red se prodigan los anuncios de estas novelas, evolución de las Bárbara Cartland, Corin Tellado y compañía donde el ingenuo highlander ha sido sustituido por un señor sofisticado y vacilón y las metáforas y arrumacos fundidos al negro por unas escenas y un lenguaje sado-soft mucho más directos y explícitos, como el mejor regalo de san Valentín, el mejor modo de demostrar tu amor a tu pareja, de romper la monotonía en fecha tan señalada, acompañadas a veces, además, de un pack de accesorios, cremas, ungüentos y aparatejos susceptibles de hacerte emular las aventuras de sus descocados protagonistas, como cuando junto con los tebeos te regalaban una careta de Spiderman y los bomberos tenían que bajarte a la fuerza del palomar de tu abuelo.
Así las cosas, no quiero ni pensar en qué dirán quienes critican la celebración de San Valentín como exaltación de un amor que debería ser cotidiano ante el hecho de que ahora también se monopolice la parte carnal de la cosa, que no debería ser menos cotidiana, de tal modo que si la cosa funciona pronto cambiaremos al angelote y sus flechas por Nacho Vidal y una tranca (una de madera, digo).