CARTA ABIERTA AL GORRION SUPREMO

Estimado Sr. Don  Gorrión Supremo,

 

Cuando nuestro pequeño reino se hallaba bajo el yugo de las poderosas casas gobernantes enzarzadas en su juego de tontos, usted se  alzó gallardo a la cabeza de los parias, los desfavorecidos, los marginados, los despreciados y los inconformistas avanzando firmemente hacia el poder a fin de restaurar la justicia en el mundo, enfrentándose al Barbister, a la castiza Madre de Tragones e incluso a los primos lejanos de los Tyrell.

Solo espero y le pido que, al contrario que su homónimo literario, una vez llegado a Desembarco del Rey, si los demás aspirantes se lo permiten, no se crea imbuido de la verdad suprema y ejerza el poder de manera déspota y excluyente amparado en un discurso de supuesta reivindicación, justicia y fe verdadera (en los Siete, el 0,7%  o en el IBEX 35, da lo mismo, al paso que va la deriva de sus posicionamientos ideológicos),  sino que haga gala de la humildad que predica y exige a los demás y que caracteriza al pasérido que le presta el nombre.

Y es que, últimamente, al hilo de los tira y afloja postelectorales, se le ha visto muy suelto con el hacha justiciera, y con unos humitos que deberá usted apagar antes de que acaben por quemarle.

Ah, y no creo que sea bueno para un político ir alardeando por ahí su veneración por un libro que es la summa compendia de la traición, el apuñalamiento, la perversión del poder y el cambio de menú en las bodas a última hora.

Con poco más que añadir, y deseándole lo mejor para todos nosotros.

 

Un gorrión inquieto

¡CHSSSSST…!

En los últimos tiempos, los señores gobernantes, esos mismos a los que veíamos la semana pasada ufanarse en París y lamentar el ataque irracional y descerebrado a una revista satírica pero que aquí se dedicaban no hace mucho a perseguir, denunciar, censurar o secuestrar a “El Jueves”, que al lado de “Charlie Hebdo” parece la hoja dominical de las Madres Ursulinas,  se han dedicado a aprobar o proponer una serie normas que tienen como resultado, si no como objetivo, aumentar su capacidad de injerirse en nuestra viva privada o coartar la capacidad de la ciudadanía de expresar libremente sus opiniones, o asegurarse de que quienes las promueven no serán molestados con protestas que, de todos modos, suenan “como zumbidos de moscas en sus oídos”, como diría Sinhoué el Egipcio.

Entre otras perlas, encontramos la Ley de Seguridad Ciudadana, o “Ley Mordaza”, con eso te lo digo tó y no te digo ná, que en su artículo 30 atribuye a los organizadores de reuniones o manifestaciones la responsabilidad por las infracciones en que puedan incurrir los manifestantes.

Y digo yo, ¿Quiénes son los participantes? ¿Cómo se diferencian de cualquier otro paisano que pasara por allí inocentemente o con aviesas intenciones? ¿Llevan un cuño, un tatuaje, un clavel en el ojal, una chapa en la oreja como las vacas? ¿Cómo diferenciarlos de los revientamanifestaciones y vándalos varios que cometen tropelías sin tener nada que ver con la causa que se defiende? O incluso teniéndolo, ¿Cómo pretenden que los organizadores de una manifestación legitima controlen a mil, dos mil, treinta mil personas? ¿Condenarán al Real Madrid o al Barça, o al Alcorcón por los daños que se produzcan alrededor de sus celebraciones?.

Moraleja: Cuídate bien de promover cualquier manifestación que te va a caer la del pulpo.

Pero aun imaginando que se convoca la manifestación, que usted acude a ella o simplemente pasea por las inmediaciones y que las fuerzas de seguridad le aporrean sin querer, no se le ocurra echarle una foto al mamporrero en cuestión para que sirva como prueba, porque el artículo 36 de esa joya legal lo considera una infracción grave.

Y tampoco se le ocurra, si se ha quedado en casa por si llueven porras, botes de humo o pelotas de goma, o porque no es mucho de salir, pero le parece bien lo que se está diciendo, desperezar el pulgar y enviar un mensajillo de ánimo a los manifestantes, pues a poco que la marcha no esté autorizada, cosa que para la mayoría es imposible saber, le pueden caer de tres a 12 meses de multa, es decir, a ojo de buen cubero entre 540 y 2.000 y pico euros, o entre tres meses y un año de talego, gracias a la reforma del Código Penal que se insinúa en el horizonte.

Pero aunque usted ni siquiera levante un dedo, literalmente, no se preocupe, que le pueden condenar tan ricamente por leer. Si por curiosidad, por afán académico, o porque sí, que las intenciones no quedan reflejadas en ningún servidor, consulta determinadas páginas consideradas peligrosas (y no son las de determinados partidos políticos, ni las de dos rombos), una bonita enmienda propone que le lleven a su casa no una pizza o un kebab, sino hasta ocho años de cárcel encargados directamente desde su sillón.

En esta línea de controlar al personal, la  última incorporación es la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que pretende ampliar las circunstancias en las que se pueden practicar escuchas sin control de ningún Juez.

Es decir, que cuando la policía lo considere conveniente puede pinchar el teléfono o poner escuchas domiciliarias sin consultarlo a quienes son garantes del cumplimiento de las leyes y el respeto a nuestros derechos fundamentales: Los Jueces. Eso sí, han de comunicárselo después, pero aunque el Juez las considere ilegales a posteriori, el mal ya está hecho.

Que si, que se supone que debemos confiar en las fuerzas policiales, y seguramente en el 99% de los casos se haga buen uso de esta facultad, pero vaya, uno no puede dejar de pensar que quienes velan por nosotros son personas corrientes, que les estamos dando los medios, y la oportunidad, y que la tentación no vive arriba, sino que compartimos piso con ella.

Pero no se preocupe usted, que todo esto es por nuestro bien y por nuestra seguridad, según nos dicen, que si usted es un buen chico, no protesta por cosas inadecuadas, no ve páginas peligrosas o no comete delitos que en virtud de las circunstancias puedan considerase de especial gravedad, no tiene nada que temer de estas medidas.

El problema de todo esto, el mayor problema, es que cada vez se están desdibujando más los límites, que con la vaselina de la inseguridad cada vez estamos haciendo haciendo mayores concesiones a la arbitrariedad, que los que deciden lo que es “peligroso”, “inadecuado” o “especialmente grave” pueden bajar el listón poquito a poco, que el cerco, la mordaza que están tejiendo con nuestros miedos cada vez está más apretada, que Dios quizá aprieta y no ahoga, pero que estos no son más que humanos.

Y porque los vientos pueden soplar de todas direcciones, porque aunque uno piense que su ideología, su religión o su estilo de vida lo protegen de los efectos secundarios de estas píldoras de seguridad, porque nunca se sabe quién va a decidir en el futuro hacia donde apuntará el brazo de la Ley, y aunque está muy manido y a alguno le parezca cursi o exagerado, termino con el famoso discurso de Martin Niemöller:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista, cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata, cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista, cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío, Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Hala, córtenme las puntas, que me ha quedado un pelín largo…

TODOS SOMOS DORIAN GREY

En estas fechas en las que se repite el tópico de plantearse buenos propósitos y el “sobretópico” de proponerse firmemente no cumplirlos, nada impide que aprovechemos esa corriente introspectiva para revisar qué aspectos de nuestro acervo personal pueden ser mejorados o deben ser directamente eliminados, porque antes de añadir un piso a la casa, mejor apuntalar el sótano.

 Y es que me he vuelto a encontrar por ahí el sombrero de filósofo de pacotilla, y al ponérmelo me ha dado por pensar que en mayor o menor medida todos actuamos en nuestra vida como el señor Grey (Dorian, no Christian, no se vayan a creer…).

 Así, tendemos a desterrar de la imagen que nos formamos de nosotros mismos algunos de aquellos aspectos que pudieran afearla o provocar nuestro propio rechazo, como envidias, instintos demasiado bajos, pereza, laxitud, desapego, estima por la suegra, insolidaridad, vilezas varias, etc… o al menos los disfrazamos con excusas y justificaciones, para que cuando nos asomemos a nuestro espejo interior sólo veamos lo que queremos ver y nos sintamos a gusto con nosotros mismos.

 El resto queda confinado en un oscuro y reservado desván, tras puertas acerrojadas de ignorancia de la mejor calidad y capas y capas de inconsciencia voluntaria, bien atado con un cordón de olvido, pudriéndose, macerando en su propia ignominia, acumulando capas y capas de moho y suciedad y volviendo el desván y la casa misma cada vez más insalubre, adquiriendo paulatinamente un mayor peso en nuestra conciencia, lastrando nuestros actos y nuestras decisiones, aunque no seamos conscientes de ello.

 Que nuestro propósito sea pues abrir el desván, taparse la nariz y echar un vistazo a lo que hay dentro, hacer una lista con ello y ver lo que necesita una buena limpieza, qué puede restaurarse y qué debe simplemente tirarse. No sólo nos desharemos de un montón de basura, sino que tendremos más espacio en una casa más luminosa, limpia y aireada.

 Y si no puede ser para el Año Nuevo, pues que sea una limpieza primaveral, o ya de cara al verano…

 Vaya, creo que tendré que empezar con lo de procrastinación para el 2015, o mejor para el 2016.

 

CUENTO POR NAVIDAD

En la Nochebuena, aproximadamente a la hora en que todos revoloteamos en torno a la mesa primorosamente puesta al acecho de los aperitivos cual zombies ante un refugio humano, esperando la señal de ataque o que alguno rompa el protocolo para seguirle en la brecha, a esa hora, digo, en que nadie hace ni puñetero caso de la televisión, aparecerá el monarca en ejercicio para contarnos el mismo cuento de siempre por navidad.

 Eso si, es una historia contada en clave, porque desde que este que suscribe tiene uso de algo remotamente parecido a la razón, hace ya muchas lunas, el mensaje navideño del jefe del estado se ha caracterizado por una sucesión y repetición de indirectas y alusiones veladas en plan “alguien ha matado a alguien”, como diría Gila, a lo que él cree que está pasando en el país, tan veladas, que adivinar su significado e intenciones daba para días y días de comentarios, eso si, únicamente radiofónicos y hercianos, porque al común de los mortales se la suele traer al pairo, amén de no entender ni jota.

 Así, en un tono alegre y distendido como si se hubiera tragado un cirio pascual, oímos normalmente salir de la regia boca sin vergüenza alguna aquello de que “todos somos iguales ante la ley” en lugar de decir claramente que “mi familia se lo lleva muerto y a vosotros os llevan al huerto”, referirse a la “unidad y riqueza cultural de España” en lugar de atacar directamente la cuestión vasca o catalana, o hablar de la “difícil situación” de nuestro país en lugar hablar claro de la devaluación de los servicios públicos, la escalada de la deuda que no se ve compensada con una mejora de los mismos sino todo lo contrario (¿ande va el dinero, digo yo?), el aumento de la corrupción y de la desigualdad fiscal, o de la desigualdad a secas, que hace que unos se deleiten con espuma vaporizada de cuajo de gamba malaya con esquirlas de vieira de corral a cinco mil machacantes el plato, y otros, cada vez más, se las ingenien para sacar adelante un potaje de guijarros en el que mojan una foto de un pan recortada de una revista, porque en directo el pan ni lo ven ni lo esperan.

 Eso sí, sin dar soluciones ni hacer por darlas o exigirlas, o siquiera propinar un telecapón a quien corresponda, que ya podría aprender, al menos en eso, del Cardenal Bergoglio, alias Papa Francisco, quien ha aprovechado los votos navideños para cantarles las cuarenta a los suyos (que me da a mí que ya pueden los romanos ir buscando un puñaíto de paja seca y otra mojada, que a este le da una miajita de apechusque por casualidad y se lo meriendan antes de la Santa Cena).

 Vamos, que nuestro querido monarca siempre se ha caracterizado por ponerse de perfil, tan de perfil que en lugar de un Rey del siglo XXI parecía más un Faraón de los de siempre…

 ¿Pasará igual este año? ¿Habrán cambiado de guionistas en la Zarzuela, igual que de protagonista? ¿Veremos un spin-off de los mensajes anteriores o el mismo capítulo de siempre? La solución el 25 de diciembre, fun, fun, fun.

 

P.S.: Pasen una Navidad lo más feliz posible, e intenten sobrevivir a ella.

 

VENDER SU ALMA

Olvídense de ambientes oscuros, luces encarnadas, sombras fantasmales y truenos escalofriantes. Olvídense de esos primos lejanos de Batman pasados de cocción con patas de chivo, cuernos, tenedor XXL y cola puntiaguda. Olvídense incluso de Al Pacino o Elizabeth Hurley (si pueden).

No, los tratos con el lado oscuro (el de esta parte de la galaxia), no son tan aparatosos, infrecuentes o extraordinarios como el cine, la literatura y el resto de artes podrían hacernos creer, sino que, muy al contrario, las transacciones comerciales y venta de conciencias a INFERNO’S S.A. son numerosas y constantes, y sus negocios van viento en popa desde que el mundo es mundo, y su chiringuito se parece más a Empeños a lo Bestia que a  la obra de Goethe.

Y  es que, lo queramos admitir o no, la mayoría de nosotros hemos vendido en algún momento nuestra alma al diablo, entera o a cachos, cada vez que hemos tomado un atajo moral, cada vez que hemos traicionado nuestra forma de ser o nuestras convicciones más profundas y últimas, cada vez que hemos mentido, perjudicado o ignorado a nuestros familiares, a nuestros amigos más queridos  o simplemente al prójimo de turno  para conseguir un objetivo trascendental o  un capricho fútil, para obtener un ficticio bienestar o evitar una conversación molesta o para alcanzar cualquier otra meta, por elevada o banal que fuera.

La decisión es en ocasiones difícil, pensada y costosa, en otras es tan banal o inconsciente como comprar un paquete de chicles, pero en cada uno de estos casos estamos cerrando el trato, dejando una parte de nosotros irrecuperable, marcando una muesca dolorosa y perpetua en nuestra conciencia, pues aun cuando podamos deshacer las consecuencias de nuestras acciones o decisiones, difícilmente escapamos a su recuerdo, que en el menor de los casos permanecerá incrustado en nuestro ser como una china en el zapato, como un acufeno en nuestros oídos o como una presencia molesta apercibida únicamente por el rabillo del ojo, y en el peor nos llevará a la pérdida total de nuestra esencia, cual Bastian en La Historia Interminable (la segunda parte, claro).

Y ese es precisamente el precio diario y cotidiano que pagamos por el pacto, y no un futuro y lejano baño eterno en marmitas hirvientes a lo Marina d’Or, o un chalet en alguno de los siete círculos del Averno.

Eso quien tenga algo que vender, claro, porque ahí abajo tienen a mucho desalmado en nómina que nos jode simplemente por oficio y profesionalidad (si, si, esos en los que están pensando…)

Quizá llegue el día de que nuestra actitud cambie y los podamos llevar a la bancarrota, pero al paso que vamos, y visto lo visto, la maldad humana es una buena inversión de Futuros.

P.S. Gracias por aguantar la moralina, no sé que m’ha dao.

OTHAR

Othar era el nombre del caballo de Atila el Huno, y este dato no es más conocido porque el pobre bicho no ha pasado a la historia precisamente por su nombre, sino por ser el primer mamífero herbicida conocido, pues se dice que allá por donde pasaba ya no volvía a crecer la hierba, de modo que nadie podía ya jugar al golf  entre las Llanuras Danubianas  y el Mediterráneo.

 

Así como a pesar de la brevedad del reinado de Atila sus huestes bárbaras causaron tamaña desolación, las huestes del de las barbas,  ustedes me entienden, a pesar del poco tiempo transcurrido desde su advenimiento, van camino de dejar nuestro “estado del (relativo) bienestar”, como diría Dinio “más pelao qu’el chochouna rana”, donde ya no crecerá ni la hierba ni los brotes verdes, sino a lo sumo la mugre.

 

En cuatro días estos unos, con la pasividad catatónica de los otros, han dejado el sistema educativo público hecho unos zorros, recortando becas, limitando recursos, primando los centros privados y los concertados seguidistas sobre los públicos, estableciendo, pues, las bases duraderas de una educación clasista y excluyente, y lo mismo cabe decir del sistema sanitario público, camino de quedar reducido a poco más que una máquina expendedora de tiritas, eso si, con copago, de forma que nos veamos abocados a volver al chamanismo.

 

En la misma línea encontramos todas las medidas que han limitado hasta límites inconstitucionales el acceso al sistema judicial del común de los mortales, los recortes de los recursos a la justicia, que ya se ha pasado a las bragas de esparto y ha empeñado las balanzas y la espada, la pobrica, la legislación a la carta según el apetito y las necesidades de los afines, y la reforma psicodélica del sistema penal y de enjuiciamiento criminal.

 

En el plano fiscal encontramos el progresivo aumento de las tasas e impuestos indirectos, los que paga tododios, vamos, tenga o no tenga, mezclado con algunas rebajas con el IRPF igual que yo les endilgo a mis gemelas el puré de verduras mezclado con el yogur, para que pase, pero que no deja de ser puré de verduras. A mi me enseñaron de bien chiquito que cero por cero es cero, y que por mucho que me rebajes el tipo de retención de un sueldo que no tengo, sigo sin sueldo.

 

El futuro nos presenta un panorama en el que mientras todos los países con dos dedos de frente, o con cuatro, están virando hacia las energías renovables, aquí, donde éramos pioneros y punteros y no falta la materia prima, seguiremos aferrados a los combustibles fósiles que nos hacen depender de terceros o nos llevan a prospecciones asesinas,  y donde en pocos años el I+D se verá reducido a volver a averiguar cómo se usa la yesca y el pedernal.

 

En el presente, vivimos un escenario donde uno de cada cuatro niños pasa hambre donde para aligerar las cifras del paro se obliga a los desempleados a jubilarse a los 63 mientras que para ahorrarse las pensiones a los demás se les obliga a jubilarse a los 67 (parece de idiotas, ¿verdad?), donde se reduce la duración y se endurece la concesión de las bajas por enfermedad, donde se obliga a tener niños dependientes mientras se retiran las ayudas a la dependencia, donde quienes cobran el salario mínimo alcanzan límites máximos, y donde los que no tienen salario alguno se salen ya de las tablas, donde se fomentan los “despidos a 100” mientras, cerise sur le gateau, como última perla, nos encontramos con que ahora tributarán esas menguadas indemnizaciones por despido, donde, colmo del cinismo, quienes han traído todo esto parecen exigir que se les agradezca ¡ Oh bwana! que no suban más los impuestos o que abran comedores de caridad.

 

En definitiva, nos han robado, no, mejor, les hemos regalado el coche y lo están vendiendo por piezas. Quedan todavía como poco dos años, y no van a quedar ni las ruedas. La mayoría quedará a pie y sin rumbo mientras que a unos pocos, cual jinetes del apocalipsis, les será más fácil dominarla y marcarle el camino desde lo alto de sus caballos herbicidas, apacentándola, a falta de dignidad, con “ayudas”, caridad y sobras. Lo que venía siendo la humanidad de toda la vida, vamos, antes de que a algunos se les ocurriera que podía mejorarse. Ilusos.

 

P.S.: Perdónenme que me repita en mis cuitas, pero es lo que pasa cuando a uno no le dan de comer más que ortigas y ajo picado.

LA PODA

 

Sr. Don Felipe VI en ciernes.

 

Que conste que como la mayoría de españolitos ya estoy un tanto harto de toda la murga que unos y otros están dando con lo de la abdicación de su señor padre y la coronación de usía, por no hablar de los coros y danzas republicanos y sus palmeros, por lo que prometo ser breve y manifiesto mi firme propósito de no escribir ni una jota ya sobre el particular, pero no me resisto a fijar estas reflexiones formato calle cual flecha de parto, o zurullo, según lo vea cada cual.

 

Antes de que el personal le coja aún más ojeriza a la institución monárquica a la que usted va a representar, y si quiere evitar que a la primera mayoría parlamentaria que se muestre propicia a otra forma de gobierno, sea la república, sea la teocracia voodoo, talen el reinado de su árbol genealógico en este nuestro país, (que ya empezó mal con la semilla renegrida de su tocayo Felipe V), debería usted proceder a podar ciertas excrecencias que afean a la regia planta y que a poco que se eliminen podrían quizá revigorizarla, si es que las raíces mismas no se han visto ya afectadas.

 

Me estoy refiriendo obviamente a cosas tales como sueldos faraminosos para niñas de ocho años, al mantenimiento de ciertas prerrogativas del rey saliente, al aforamiento de don Juan Carlos una vez cese en sus funciones, al “aforramiento” de sus allegados y chupópteros afines y al suyo propio si se terciase, así como a todos aquellos fastos y gastos que no sean necesarios para el cumplimiento de lo que tiene encomendado, y a dejar de mantener a todos sus hermanos y vástagos respectivos (que así yo también me reproduzco, aunque sea por esporas, cuando hay personas que no pueden mantener a sus hijos), por no hablar de cacerías, correrías y otros dislates.

 

Porque la riqueza de todo hombre, y sobre todo la de uno que aspira a gobernarlos, no está en sus arcas, sino en la consideración en que se le tiene, y aunque parezca usted majete y aspirante a campechano, aunque un tanto tiesín, el personal está para pocas bromas y a poco que te descuides te montan una república, literally,  como habrá podido comprobar, y puesto que su Alteza-cuasi-Majestad está ahora en primera línea de tiro, deberá aprender de los errores de su predecesor, que no fueron pocos, todo sea dicho, aunque ahora, en este periodo de a rey muerto (es un decir) rey puesto, todo sean loas por su intervención en la transición, y lo demás pelillos a la mar, pobrica, por si no le echáramos ya bastantes porquerías. Y es que como diría Alfredo I el Cambiacapas, los españoles “enterramos bien”.

 

En sus manos está, pues, obtener esa consideración que le permita enraizar para poder aguantar cuando soplen malos vientos para la monarquía, y mire que por aquí se nota ya cierto fresquete.

INTERREGNO

En el Egipto de los faraones, durante el largo periodo de duelo entre dos monarcas se temía que sin la presencia de Faraón los malos espíritus invadieran el reino y los vecinos hicsos, hititas, nubios, y algún que otro sacerdote de Amón aprovecharan para darse un garbeo por Tanis, Menphis, Tebas, Heliopolis, Avaris o la capital de turno, a ver qué se cocía y que pillaban por ahí.

 

En este limbo regio en el que se halla la piel de vaca famélica que habitamos (ya resulta muy pretencioso llamarla la piel de toro), parece que la situación incierta en la que la inactividad legislativa durante los últimos 39 años nos ha dejado y el desconcierto subsiguiente, que si el rey se va, que si el otro viene, ha decidido a quienes abogan por la república a exigir un cambio de sistema político ipso facto y por la vía rápida gritando a viva voz lo que antes trasegaban entre dientes.

 

Es legítimo, evidentemente, reivindicar la república, y dado el escenario propicio, el hueco dejado por la legislación, meter en él la cabeza y aprovechar el eco para hacerse oír, convocando manifestaciones, concentraciones, usando los medios tradicionales y las redes sociales para extender el mensaje.

 

Pero se me da que igual de legítimo era reivindicar la república antes de este momento, sin que hasta ahora le haya parecido a este ciudadano de a pie y renqueante que lo pidieran con tanto ahínco, y mucho más lo será si, en próximas legislaturas, las fuerzas políticas que defienden la república aumentan su presencia en el parlamento, como parece que es la tendencia, hasta obtener la mayoría suficiente para imponerla mediante la reforma de la Constitución, cosa que ya tendrían, por otro lado, si el PSOE, al más puro estilo de la Casa Frey, no hubiese vuelto grupas renegando de su ideal republicano. Quién sabe, quizá en un futuro vuelven a cambiar de lealtades, se cuelgan la escarapela y cambian el nombre de la calle Ferraz por calle Los Gemelos.

 

Pero lo que ya me rasca un poco más es que se pretenda que ese cambio se haga por las buenas, engañando al personal pidiendo un cambio que hoy por hoy, según las reglas del juego y las fuerzas políticas, no puede darse, aumentando su frustración y el cabreo perpetuo que ya se va integrando en nuestro ADN ante tanta corná que nos van dando aquellos que están encantados con que el debate entre corona o gorro frigio, entre galgos y podencos, desvíe nuestra atención de la debacle sufrida y de las nuevas jugarretas que nos tienen preparadas y que nos van colando poco a poco mientras estamos en otras.

 

Ciudadanos, no nos desviemos de lo importante, no distraigamos el mensaje que ha parecido calar en el pueblo con el auge de nuevas fuerzas políticas que prometen una mayor justicia social con un esfuerzo que hoy por hoy no conduce a nada. Afianzad posiciones, ocupad las instituciones, controlad la cabecera de este tren y desde allí cambiad su rumbo, hacia la república y más allá si así se quiere. Vamos por el buen camino, que no haya de torcerse.

 

Porque, aunque la monarquía de uno sea una monarquía bananera, con yernos, elefantes,  osos borrachos y demás fauna, si uno cambia las reglas del juego a mitad de la partida se arriesga a que le hagan trampas, y a que otros a su vez pretendan cambiarlas razón propia en mano, y ya tenemos el lio montado, rompemos la baraja y sacamos las navajas, y que gane quien la tenga más larga.

Y si no, mira, puestos a ello, pido desde ya un referéndum para aprobar un matriarcado tribal, porque, ¿Quién es más sabia, cabal y lleva más razón que una madre?

… A BARRABÁS

              En los últimos tiempos se ha puesto de moda entre los chorizos y saltimbanquis varios y de todo pelo que garrapatean por nuestro país, una vez utilizadas, pisoteadas, retorcidas, violadas y desvirtuadas todas las instancias judiciales, el pedir el indulto, para pervertir la última institución que les quedaba.

             A pesar de que el indulto es por naturaleza una medida excepcional, ahora los jerifaltes caídos lo piden  como quien pide la vez en la pescadería, y lo que es peor, todos los gobiernos, ya sean de para acá o de para allá, se lo conceden con la misma ligereza. Es más, los unos indultan a los pecadores de los otros, porque ya se sabe, hoy por mi, mañana por ti.

             Y aunque el indulto debería fundarse en razones de equidad, oportunidad o conveniencia pública, en tales casos, y en algunos otros, responde únicamente al capricho del gobierno de turno y en ningún caso, ni cuando es justo ni cuando es arbitrario, se publican las razones que lo propiciaron, cual de los misterios de una religión o de una logia masónica se tratara.

            Pero quizá uno de los aspectos  más sangrantes de este mercadeo es que antes el trapicheo se hacía con cierta discreción, el indultado agachaba la cabeza agradecido y aguantaba el chaparrón que le caía en uno o dos telediarios.

            Ahora, por el contrario, como si de un reality se tratara, los candidatos a ser salvados se pavonean en la televisión y los medios anunciando a los cuatro vientos que van a pedir el indulto, con coros y palmeros que avalan a los pobrecitos corruptos y defraudadores sin que les de ya ningún apuro que se les vea aplaudiendo a sus amigotes, y con un cartelito abajo que pone, si quieres salvar a fulano, llama al 666… coste de la llamada gratis, puedes ganar una contrata de basuras, la gestión de un hospital, un puesto en una compañía eléctrica o de comunicaciones y miles de sobres sorpresa.

            Y es que, si a uno lo dejaran participar en el concurso, presentado evidentemente por Jorge Poncio Pilatos, tendría claro a quién elegiría, a Barrabás, porque al menos con los Barrabases de este mundo sabes a qué atenerte, pero los otros te la clavan con ahínco, y no haré la rima…

            Entre los casos de candidatos al indulto de oro más recientes encontramos al señor Del Nido, al señor Matas, al ex Alcalde de Torrevieja  y probablemente al afortunado señor Fabra, pero no nos engañemos, la cosa viene de antiguo.

            Así, mirando por encima, centrándonos en políticos corruptos y financieros sin escrúpulos, y sin contar el extraordinario caso del kamikaze condenado a trece años que merece un monográfico, nos encontramos con que en 2012, en tan solo cuatro meses se indultó a seis condenados por corrupción, más un ex alcalde y tres concejales, en 2011 a cierto banquero a quien el indulto le permitió volver a dedicarse a aquello por lo que lo habían condenado, a un ex director de una caja rural y a dos directivos de una importante empresa condenados por fraude, y ya en el siglo pasado se indultaba impúdicamente a tres condenados por el caso Filesa o a un ex alcalde de IU, todos ellos indultados por evidentes razones de equidad, oportunidad y conveniencia pública que nunca conoceremos.

            Pero lo que no podemos olvidar, lo que no deberían olvidar quienes piden y se benefician del indulto, lo que no deberíamos dejar que olviden los señores indultados, es que, aunque no cumplan la condena, siguen siendo CULPABLES.

LAISSEZ FAIRE, LAISSEZ PASSER, ET RAMASSEZ NOTRE MERDE.

Como ya advertí cuando a empecé a divagar por estos lares, no hablo desde el conocimiento ni desde la verdad absoluta, sino desde la impresión que deja en mí la información que poseo o que me llega, y más que un púlpito, esto pretende ser una invitación a la corrección y a la enmienda, si enmienda cabe, por quienes sean más duchos que yo en los temas que ataco.

Nuestro afortunado de hoy es el libre mercado, esa gran mentira preconizada por quienes siempre han hecho o pretenden hacer fortuna a costa de todos los demás.

Básicamente consiste, a mi modo de ver, en comerciar haciendo lo que a uno le venga en gana, sin ningún control de ninguna instancia superior, ni, dicho sea de paso, ninguna ética, enarbolando la bandera de la libertad y pescando allí donde haya abundancia de peces.

Eso si, mientras haya peces, por que cuando la acción salvaje del capitalismo agota los caladeros, o por lo que sea vienen mal dadas, o porque simplemente les conviene, los defensores del laissez faire se apresuran a aferrar las riendas del poder, que nunca soltaron, y pasarse al intervencionismo más opresivo, dictando leyes, imponiendo impuestos, repartiendo prebendas entre sus acólitos y “amueblando la casa a su gusto” con un doble objetivo.

En primer lugar, resarcirse de las pérdidas que hayan podido tener en sus locas correrías económicas, en segundo, preparar el terreno para nuevas aventuras.

Así, una vez que nos han cagado encima, pretenden que recojamos su mierda.

Tal que así lo vivimos en estos días, en los que los señores que en su día se enriquecieron con un comercio sin miramientos, con miras al único Dios del beneficio, atacando cualquier intento de fiscalización, se dedican ahora a exprimir a aquellos a quienes ya habían ordeñado para compensar sus desmanes, a saquear el país y a vender y repartirse las joyas de la abuela (entiéndase por abuela la sociedad entera), la sanidad, la educación, los servicios necesarios para su buen funcionamiento, su vida misma, entre unos pocos, al son de aquello de que los servicios públicos “no son rentables”.

Y digo yo, ¿Desde cuándo los servicios públicos han de ser rentables? ¿No es su esencia misma, su razón de ser, el procurar a una gran mayoría, con el concurso de todos, lo que de otro modo no podrían tener precisamente por su alto coste? ¿No es la función de la administración pública administrar y redistribuir la riqueza, ordenar la sociedad, en lugar de saquearla y custodiar el granero para que solo unos pocos puedan aprovechar lo cosechado?

Un servicio público no es un chiringuito de playa, no tiene que ser rentable, no tiene que dar beneficios, tiene que funcionar y servir a quienes lo mantienen con sus impuestos, a quienes pertenece, y no engordar los bolsillos de los mercachifles que no pueden ya llenarlos con sus trapicheos.

Los señores liberales pretenden quedarse con los huevos y con la gallina, sin repartirlos con quienes les procuran el grano, hasta que quienes no tengan más que tierra que comer rompan los huevos, estrangulen a la gallina y los cuelguen de un bonito árbol. Al tiempo.