PANAMA (OFF) SHORE

Por si se nos ocurría relajarnos una miajina en estas postrimerías de Semana Santa (perdón, fiestas de la primavera por aquí por el Levante), no fuera que echásemos a faltar nuestra ración de disgustos e indignación, ha aterrizado en nuestras vidas vía noticieros la última chufla que nos dedican con todo su amor los señores pudientes de este nuestro mundo.

Si las personas bienpensantes (de cerebro para afuera, al menos) se indignaban en su día con las andanzas de los cuerpos privilegiados y mentes pizpiretas de Gandia Shore y todos los Shores americanos que lo precedieron, donde Labrador, Clavelito, Ylenia y compañía daban rienda suelta a sus hormonas y neuronas (las unas más que las otras) sin hacer daño a nadie más que a la vergüenza ajena, llega a nuestras pantallas algo que a mí me indigna más que el reality en cuestión, puesto que en contra del guionizado desfile de bikinis y chupitos, esto es realidad de la buena.

Me refiero al “escándalo”, por unos días al menos, hasta que consigan que lo olvidemos o nos den otra alegría de las suyas, de los papeles de Panamá y de las sociedades off-shore, esas compañías completamente legales pero que según todos los expertos que estos dos días se encuentra uno en las radios, televisiones y supermercados sólo sirven para ocultar dinero, de modo que pretender que se ha constituido una para otra cosa es como decir que te has comprado un revólver para lavarte los dientes.

Añado las comillas al escándalo más que nada porque un servidor, desde su ignorancia, no se traga que nadie en este mundo mundial supiera nada de tamaño tinglado, sobre todo teniendo en cuenta los nombres, cargos, familias y fortunas de los protagonistas de tamaño show, el número de participantes, que darían para quinientas o seiscientas ediciones, como poco, y lo ecuménico de su origen, que permite afirmar que para los clientes de Mossack Fonseca no se ponía el sol.

A la subida de bilirrubina que da el descubrir, o redescubrir, o constatar, porque, para qué nos vamos a engañar, esto no sorprende a nadie, que los más poderosos y pastosos del planeta, alguno de ellos adalid a ultranza de la transparencia fiscal, ocultaban gran parte de sus ingresos a través de sociedades intermedias (pregunten a cualquier experto por un doble irlandés o el sándwich holandés, o mejor, búsquenlo en Google como todo el mundo, y descubrirán que no tiene nada que ver con Masterchef, ese es otro reality), se añade el ya demasiado familiar sentimiento de que se están cachondeando de uno continuamente, por no pasar al modo soez y reconocer abiertamente que están realizando con nosotros determinadas actividades retroactivas que implican el uso de un lubricante derivado del petróleo, si no se opta por la mantequilla.

Y es que resulta chocante e indignante que en un mundo en el que la tecnología, la intercomunicación y la sobreexposición a los medios digitales permite que sepan de nosotros hasta con cuantas cucharadas de azúcar tomamos el café, este tipo de cosas se sepan gracias a la actividad de grupos de prensa, cuando no de outsiders como los Assange, Snowden y compañía, que mira tu por donde, siempre acaban en el trullo, y no de quienes tienen la responsabilidad de perseguir tales prácticas.

Todo ello no nos lleva a pensar sino que, si la cosa no es por falta de medios, será por falta de ganas, y que quizá pase con las evasiones fiscales y demás chanchullos como con el racimo de uvas del Lazarillo de Tormes, y que si estos las toman de dos en dos, los otros las toman de tres en tres y por eso se callan.

Pero no nos engañemos, hay muchos Panamás, y no están tan lejos, y los que no nos pongan los cuernos fiscalmente hablando allí lo harán en Andorra, Gibraltar, Suiza, Liechtenstein, las Islas del Canal, Luxemburgo o Peluchistán.

Yo no sé en otros lugares, pero a mí, que vivo y sufro un país en el que sangran a los autónomos y crucifican a los curritos a base de impuestos y otros instrumentos de tortura, estas cosas me abren las carnes, y el hecho de que con sus explicaciones inverosímiles, cuando las dan, no hagan más que echar sal en la herida y que con un escándalo tras otro no la dejen cicatrizar, me dan ganas de dejarlos a todos en una isla trufadita de escorpiones y disfrutar de “Supervivientes” hasta quedarme dormido.

Y LAS CUCARACHAS HEREDARÁN LA TIERRA…

Nunca he sido  yo lo que se dice un activista medioambiental. Tampoco un negacionista, ni un observador indiferente ante el destrozo que nuestra “avanzada” civilización le está haciendo al planeta sobre el que la totalidad de la raza humana (menos los astronautas de la MIR) y quizá algún que otro E.T. asentamos nuestras reales.

No, aunque consciente de la ceporrez intrínseca de los comportamientos individuales y colectivos que causaban dicho daño, y capaz desde luego de asumir y prever las catastróficas consecuencias de las mismas, entraba sin mucha honra en la nómina de ilusos que confiaba en que nuestros insignes líderes, y sobre todo los insignes líderes de los demás porque, no nos engañemos, los nuestros son como son, conseguirían enderezar el rumbo de este Titanic sobre el que orbitamos a la espera de que un meteorito por fin haga carambola.

Pero hemos llegado a un punto en que cada vez soy más consciente de que el lema de estos jerifaltes, y principalmente y sobre todo, por encima, por debajo, y alrededor de ellos, de quienes realmente tendrían la capacidad de modificar la situación, es decir, los poderes fácticos y económicos que rigen nuestros destinos, es fundamentalmente aquel de “ande yo caliente (y calientes van a estar, como esto siga así), y ríase la gente”.

Par andar caliente entiéndase generar riqueza, pero no una riqueza de aquella que puede revertir en beneficio de todos, sino la opulencia superflua y aparente de las clases hiperdominantes, del champán a 6.000 euros la botella amontonándose en las playas privadas mientras en otra parte del planeta hay millones de personas que solo pueden beber al día un buchito de barro con larvas, y eso cuando llueve.

Y entre los dos extremos nosotros, que no podemos lanzar la primera piedra contra nadie pues pocos, poquísimos en esta nuestra sociedad occidental estamos dispuestos a renunciar a determinadas comodidades y pequeños lujos que nos han convencido que necesitamos, y que realmente lo único que hacen es mover el molino de otros.

Motu proprio o inducidos por los que se benefician de ello, nos hemos acostumbrado a los móviles, los automóviles, los productos plásticos, el consumo sin mesura, muchas veces por diversión, sin pensar en las consecuencias que ello tiene en las finitas reservas de materias primas del planeta, en las emisiones tóxicas de destruyen ecosistemas y en las térmicas que directamente destruyen el clima en la atmósfera.

Cuando malgastamos y derrochamos madera o papel no pensamos en la deforestación o la contaminación de los ríos, cuando abusamos de los plásticos no pensamos en los millones de toneladas de basura que lentamente se acumulan en el mar en forma de auténticos continentes, causando estragos en la fauna, cuando usamos el coche hasta para dormir al bebé no pensamos en las sequías, la subida del nivel del mar o el deshielo de los glaciares. Total, eso pasa muuuuuy lejos, y dentro de cien años todos calvos.

Vivimos como si esto fueran unas vacaciones en la playa y nos pasáramos el día haciendo hoyos a la verita del mar, cuando lo que estamos haciendo es cavar nuestra propia tumba.

Y es que, en lugar de esperar a que los zánganos de las dietas y las corbatas, esos que se arraciman en una cumbre climática tras otra entre comilonas, hoteles de lujo, fastos y conversaciones huecas que siempre terminan en nada, esperando a repetir la operación unos meses más tarde, todo a ello a nuestra costa, claro, lo que realmente ha de salvar la situación es nuestra propia actitud.

Tomar conciencia medioambiental, reducir nuestra huella de carbono, pesar y sopesar las repercusiones ad futuram de nuestras acciones tanto individuales como en rebaño, ha de dejar de ser una actitud de hippies, veganos y perroflauticos, para convertirse en la tabla de salvación de la humanidad.

Porque no nos engañemos, señores, lo que está en peligro con esta dejadez ecológica, este ya veremos qué pasa, este encastillamiento moral, no son las selvas y los bosques, no son los ríos y los mares, no los glaciares, ni las ballenas, ni las avutardas bizcas del Peloponeso.

No, lo que aquí nos jugamos, aunque suene a título de blockbuster, es ni más ni menos que la extinción de la raza humana.

Y no es que a mí me importe mucho así, a bulto, pero andan por ahí dos o tres personitas a las que no me gustaría ver en el futuro como extras de “Mad Max” o de “El día de mañana”, y mucho menos de “Waterworld”, con lo malísima que es.

Personalmente durante algún tiempo abracé con entusiasmo  las tesis de Malthus así como solución definitiva en la línea de aniquilación colectiva a modo de sangría depuradora de nuestra madre Gea, pero siendo realista he de reconocer que hay otras formas.

A nivel cotidiano, hemos de modificar nuestros hábitos para procurar que, aunque seamos incapaces de renunciar a nuestro estilo de vida, su incidencia en nuestro medio ambiente sea el mínimo posible.

A mayor escala, hemos de alzar nuestras voces para evitar que las producción salvaje, el comercio desapasionado y el empecinamiento de aquellos que a propósito o porque su primo de Sevilla les ha dicho que eso es un bulo, como nuestro querido mariano, niegan la evidencia de que nos dirigimos hacia una perdición segura que llegará tarde o temprano, sigan fomentando esta deriva mortal.

El fomento de un uso máximo de las energías renovables, el control del origen y el uso de materias primas, la correcta gestión de acuíferos y corrientes de agua, la limitación de emisiones contaminantes ha de pasar de ser una utopía ecológica a la nueva filosofía imperante a nivel global.

De lo contrario las cucarachas, bichos adaptativos donde los haya, heredarán la tierra. Aunque a lo mejor eso no es algo tan malo…

SIEMPRE NOS QUEDARA PARIS

Un periodista español preguntaba ayer a uno de Libération por qué en los medios de comunicación franceses no se veían imágenes cruentas de los atentados del viernes en París, por qué no más detalles “sabrosos” de las víctimas, como en los informativos casi gore que en el 11M hurgaron hasta en las últimas costuras de la barbarie, o en tantos otros sucesos que han servido de fiestas y ritos del morbo en nuestro país.

Inquiría el periodista de aquí si ello se debía a que las autoridades francesas ejercían algún tipo de presión y coartaban su libertad de expresión.

Y ante la perplejidad del españolito aquel señor, aún más extrañado por la pregunta, le contestaba que nada de eso, que precisamente en ejercicio de la libertad de expresión la gran mayoría de los medios elegía no publicar aquellas cosas porque no hacía falta, y que la información podía darse igual o mejor sin ellas.

La moraleja es que la libertad de expresión no debe interpretarse como una obligación de información, no quiere decir tener que publicar a granel hasta el último detalle morboso, mostrar hasta la última gota de sangre, perseguir a alguien en su dolor para exponer hasta su último gemido de angustia.

Aprendan, señores carniceros del periodismo patrio.

Afortunadamente, siempre nos quedará París.

 

LA BIBLIA SE EQUIVOCABA

“Parirás a tus hijos con dolor”, dice la Biblia supuestamente* (Génesis 3:16). Ese, junto con la expulsión del Paraíso y el ganarse los garbanzos con el sudor de la frente (cosa que sólo vale para algunos, puesto que otros se dedican a birlarlos gentilmente del cesto ajeno) fue el castigo divino de Adán y Eva por comer del fruto prohibido por Dios.

Aceptemos en todo caso tal sentencia como punto de partida, para después afirmar nuestro pleno convencimiento de que ni el parir con dolor (y menos desde la invención de la epidural), ni ninguno de los anteriores fue el peor de los castigos que el creador, sea el que sea, Dios, Yhave, Ilúvatar, Arquitecto del Universo, Big bang o casualidad, reservó para la humanidad.

El peor sufrimiento para todo ser humano no es el que se padece al llegar al mundo por los canales del parto o el causado a la madre al nacer, sino el padecimiento físico y psicológico con el que algunos de nosotros lo abandonamos.

Ya sea porque la vejez y los años se nos llevan seso y cuerpo, ya sea porque un fatal accidente nos deja postrados o hace que nuestra mente deje de estar presente, o bien porque la naturaleza se encaprichó y se pasó de hacernos diferentes, nadie debería estar obligado a quedar ligado a un mundo que no podrá ofrecerle ya sino un padecimiento superior a la ración que todos tenemos asignada.

El partir dignamente hacia nuevos puertos o sumirse simplemente en un calmo reposo ha de ser una decisión y ha de ser nuestra, ninguna religión o creencia, ninguna supuesta misericordia ni una ley dictada con la carga de aparentemente piadosas conciencias debería obligarnos a quedarnos.

En estos días está muy presente en los medios el caso de la pequeña Andrea y su continua agonía sin esperanza, y la lucha de sus padres por liberarla en contra de una mal entendida ética médica, pero, a menor o mayor escala, todos conocemos casos de personas más o menos próximas que por cualquier causa sufren sin razón y sin remedio, sin que se den los medios para poner fin a dicho sinsentido.

Cuando lo único que nos ata ya a esta realidad son alambres de espino, ¿Acaso no es infinitamente más humano librarnos de tales ligaduras y dejarnos ir? ¿No se llama tortura a infligir daño y obligar a sufrir a otro ser?

Finalmente, no puede desconocerse que el dolor, tanto físico como psicológico y anímico, no afecta únicamente a quien se halla en tal situación, sino también a sus allegados, que se afanan en aligerar su carga colocando una buena parte de la misma sobre sus propios hombros, atrapados en un sacrificio de amor.

Dejarás este mundo con dolor”, debería rezar la fe de erratas de la biblia.

 

*Sobre el particular léase https://gabriellabianco.wordpress.com/2013/11/08/la-biblia-dice-pariras-con-dolor/

AYLAN, EL REDENTOR

Llegó a la playa como los restos del naufragio de su país, Siria, encallado en una guerra fratricida voluntariamente ignorada y cuidadosamente evitada por quienes nunca dudaron en embarcarse en otras singladuras si algún beneficio obtenían con ello.

Hubo muchos antes, miles, en ese y otros mares, que murieron rumbo al mismo horizonte después de quemar sus naves, perseguidos por sus propios demonios, el hambre, la guerra, la incomprensión, pero ante estos la mayoría nos limitábamos a mirar desapasionadamente las noticias o cambiar hastiados el canal, sin dedicarles siquiera una segunda mirada.

Tuvo que perder la vida un niño de tres años, nacido en guerra, muerto en fuga, un niño que durante esos tres años a buen seguro comprendió bien poco pero sufrió mucho más de lo que en toda su vida lo harán los capitostes hieráticos y calculadores en cuyas manos estaba y está evitar esta y otras tragedias. Tuvo que morir Aylan para que la vergüenza hiciese por fin mella en las “naciones civilizadas” y dejasen de sentir la miseria ajena como una apenas perceptible picadura de mosquito, para que se busque ahora una solución.

Tuvo que perecer para que la visión de su cuerpecito tendido en un sueño eternamente mecido por las olas redimiera nuestras conciencias, o al menos nuestras apariencias, como antaño la muerte de otro Redentor cambiara para muchos su visión del mundo, con la diferencia de que según la tradición cristiana Cristo ofreció voluntariamente su vida, mientras que Aylan perdió la suya sin haber llegado a comprender siquiera lo que era la muerte.

Queda por ver si su sacrificio caerá en saco roto o realmente servirá para poner fin no ya al drama de quienes diariamente caen inmolados en el mismo altar de agua, sino a los conflictos y horrores de los que huyen, o si su recuerdo quedará enterrado en aquella playa por la resaca de tamaña ola de solidaridad, junto con los despojos de nuestra dignidad.

Visto el cariz cosmético de lo hecho hasta la fecha, las renuentes voluntades de los gobiernos y de los poderosos, empujados por la opinión pública pero sin perder de vida el beneficio que pueden sacar de la situación, y la faena de aliño que se anuncia, poca esperanza hay.

 

Sobre el particular, siempre genial la tribuna de http://enzapatillasdeandarporcasa.com/2015/09/08/una-conciencia-fastfood/

¡CHSSSSST…!

En los últimos tiempos, los señores gobernantes, esos mismos a los que veíamos la semana pasada ufanarse en París y lamentar el ataque irracional y descerebrado a una revista satírica pero que aquí se dedicaban no hace mucho a perseguir, denunciar, censurar o secuestrar a “El Jueves”, que al lado de “Charlie Hebdo” parece la hoja dominical de las Madres Ursulinas,  se han dedicado a aprobar o proponer una serie normas que tienen como resultado, si no como objetivo, aumentar su capacidad de injerirse en nuestra viva privada o coartar la capacidad de la ciudadanía de expresar libremente sus opiniones, o asegurarse de que quienes las promueven no serán molestados con protestas que, de todos modos, suenan “como zumbidos de moscas en sus oídos”, como diría Sinhoué el Egipcio.

Entre otras perlas, encontramos la Ley de Seguridad Ciudadana, o “Ley Mordaza”, con eso te lo digo tó y no te digo ná, que en su artículo 30 atribuye a los organizadores de reuniones o manifestaciones la responsabilidad por las infracciones en que puedan incurrir los manifestantes.

Y digo yo, ¿Quiénes son los participantes? ¿Cómo se diferencian de cualquier otro paisano que pasara por allí inocentemente o con aviesas intenciones? ¿Llevan un cuño, un tatuaje, un clavel en el ojal, una chapa en la oreja como las vacas? ¿Cómo diferenciarlos de los revientamanifestaciones y vándalos varios que cometen tropelías sin tener nada que ver con la causa que se defiende? O incluso teniéndolo, ¿Cómo pretenden que los organizadores de una manifestación legitima controlen a mil, dos mil, treinta mil personas? ¿Condenarán al Real Madrid o al Barça, o al Alcorcón por los daños que se produzcan alrededor de sus celebraciones?.

Moraleja: Cuídate bien de promover cualquier manifestación que te va a caer la del pulpo.

Pero aun imaginando que se convoca la manifestación, que usted acude a ella o simplemente pasea por las inmediaciones y que las fuerzas de seguridad le aporrean sin querer, no se le ocurra echarle una foto al mamporrero en cuestión para que sirva como prueba, porque el artículo 36 de esa joya legal lo considera una infracción grave.

Y tampoco se le ocurra, si se ha quedado en casa por si llueven porras, botes de humo o pelotas de goma, o porque no es mucho de salir, pero le parece bien lo que se está diciendo, desperezar el pulgar y enviar un mensajillo de ánimo a los manifestantes, pues a poco que la marcha no esté autorizada, cosa que para la mayoría es imposible saber, le pueden caer de tres a 12 meses de multa, es decir, a ojo de buen cubero entre 540 y 2.000 y pico euros, o entre tres meses y un año de talego, gracias a la reforma del Código Penal que se insinúa en el horizonte.

Pero aunque usted ni siquiera levante un dedo, literalmente, no se preocupe, que le pueden condenar tan ricamente por leer. Si por curiosidad, por afán académico, o porque sí, que las intenciones no quedan reflejadas en ningún servidor, consulta determinadas páginas consideradas peligrosas (y no son las de determinados partidos políticos, ni las de dos rombos), una bonita enmienda propone que le lleven a su casa no una pizza o un kebab, sino hasta ocho años de cárcel encargados directamente desde su sillón.

En esta línea de controlar al personal, la  última incorporación es la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que pretende ampliar las circunstancias en las que se pueden practicar escuchas sin control de ningún Juez.

Es decir, que cuando la policía lo considere conveniente puede pinchar el teléfono o poner escuchas domiciliarias sin consultarlo a quienes son garantes del cumplimiento de las leyes y el respeto a nuestros derechos fundamentales: Los Jueces. Eso sí, han de comunicárselo después, pero aunque el Juez las considere ilegales a posteriori, el mal ya está hecho.

Que si, que se supone que debemos confiar en las fuerzas policiales, y seguramente en el 99% de los casos se haga buen uso de esta facultad, pero vaya, uno no puede dejar de pensar que quienes velan por nosotros son personas corrientes, que les estamos dando los medios, y la oportunidad, y que la tentación no vive arriba, sino que compartimos piso con ella.

Pero no se preocupe usted, que todo esto es por nuestro bien y por nuestra seguridad, según nos dicen, que si usted es un buen chico, no protesta por cosas inadecuadas, no ve páginas peligrosas o no comete delitos que en virtud de las circunstancias puedan considerase de especial gravedad, no tiene nada que temer de estas medidas.

El problema de todo esto, el mayor problema, es que cada vez se están desdibujando más los límites, que con la vaselina de la inseguridad cada vez estamos haciendo haciendo mayores concesiones a la arbitrariedad, que los que deciden lo que es “peligroso”, “inadecuado” o “especialmente grave” pueden bajar el listón poquito a poco, que el cerco, la mordaza que están tejiendo con nuestros miedos cada vez está más apretada, que Dios quizá aprieta y no ahoga, pero que estos no son más que humanos.

Y porque los vientos pueden soplar de todas direcciones, porque aunque uno piense que su ideología, su religión o su estilo de vida lo protegen de los efectos secundarios de estas píldoras de seguridad, porque nunca se sabe quién va a decidir en el futuro hacia donde apuntará el brazo de la Ley, y aunque está muy manido y a alguno le parezca cursi o exagerado, termino con el famoso discurso de Martin Niemöller:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista, cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata, cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista, cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío, Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Hala, córtenme las puntas, que me ha quedado un pelín largo…

TODOS SOMOS DORIAN GREY

En estas fechas en las que se repite el tópico de plantearse buenos propósitos y el “sobretópico” de proponerse firmemente no cumplirlos, nada impide que aprovechemos esa corriente introspectiva para revisar qué aspectos de nuestro acervo personal pueden ser mejorados o deben ser directamente eliminados, porque antes de añadir un piso a la casa, mejor apuntalar el sótano.

 Y es que me he vuelto a encontrar por ahí el sombrero de filósofo de pacotilla, y al ponérmelo me ha dado por pensar que en mayor o menor medida todos actuamos en nuestra vida como el señor Grey (Dorian, no Christian, no se vayan a creer…).

 Así, tendemos a desterrar de la imagen que nos formamos de nosotros mismos algunos de aquellos aspectos que pudieran afearla o provocar nuestro propio rechazo, como envidias, instintos demasiado bajos, pereza, laxitud, desapego, estima por la suegra, insolidaridad, vilezas varias, etc… o al menos los disfrazamos con excusas y justificaciones, para que cuando nos asomemos a nuestro espejo interior sólo veamos lo que queremos ver y nos sintamos a gusto con nosotros mismos.

 El resto queda confinado en un oscuro y reservado desván, tras puertas acerrojadas de ignorancia de la mejor calidad y capas y capas de inconsciencia voluntaria, bien atado con un cordón de olvido, pudriéndose, macerando en su propia ignominia, acumulando capas y capas de moho y suciedad y volviendo el desván y la casa misma cada vez más insalubre, adquiriendo paulatinamente un mayor peso en nuestra conciencia, lastrando nuestros actos y nuestras decisiones, aunque no seamos conscientes de ello.

 Que nuestro propósito sea pues abrir el desván, taparse la nariz y echar un vistazo a lo que hay dentro, hacer una lista con ello y ver lo que necesita una buena limpieza, qué puede restaurarse y qué debe simplemente tirarse. No sólo nos desharemos de un montón de basura, sino que tendremos más espacio en una casa más luminosa, limpia y aireada.

 Y si no puede ser para el Año Nuevo, pues que sea una limpieza primaveral, o ya de cara al verano…

 Vaya, creo que tendré que empezar con lo de procrastinación para el 2015, o mejor para el 2016.

 

CUENTO POR NAVIDAD

En la Nochebuena, aproximadamente a la hora en que todos revoloteamos en torno a la mesa primorosamente puesta al acecho de los aperitivos cual zombies ante un refugio humano, esperando la señal de ataque o que alguno rompa el protocolo para seguirle en la brecha, a esa hora, digo, en que nadie hace ni puñetero caso de la televisión, aparecerá el monarca en ejercicio para contarnos el mismo cuento de siempre por navidad.

 Eso si, es una historia contada en clave, porque desde que este que suscribe tiene uso de algo remotamente parecido a la razón, hace ya muchas lunas, el mensaje navideño del jefe del estado se ha caracterizado por una sucesión y repetición de indirectas y alusiones veladas en plan “alguien ha matado a alguien”, como diría Gila, a lo que él cree que está pasando en el país, tan veladas, que adivinar su significado e intenciones daba para días y días de comentarios, eso si, únicamente radiofónicos y hercianos, porque al común de los mortales se la suele traer al pairo, amén de no entender ni jota.

 Así, en un tono alegre y distendido como si se hubiera tragado un cirio pascual, oímos normalmente salir de la regia boca sin vergüenza alguna aquello de que “todos somos iguales ante la ley” en lugar de decir claramente que “mi familia se lo lleva muerto y a vosotros os llevan al huerto”, referirse a la “unidad y riqueza cultural de España” en lugar de atacar directamente la cuestión vasca o catalana, o hablar de la “difícil situación” de nuestro país en lugar hablar claro de la devaluación de los servicios públicos, la escalada de la deuda que no se ve compensada con una mejora de los mismos sino todo lo contrario (¿ande va el dinero, digo yo?), el aumento de la corrupción y de la desigualdad fiscal, o de la desigualdad a secas, que hace que unos se deleiten con espuma vaporizada de cuajo de gamba malaya con esquirlas de vieira de corral a cinco mil machacantes el plato, y otros, cada vez más, se las ingenien para sacar adelante un potaje de guijarros en el que mojan una foto de un pan recortada de una revista, porque en directo el pan ni lo ven ni lo esperan.

 Eso sí, sin dar soluciones ni hacer por darlas o exigirlas, o siquiera propinar un telecapón a quien corresponda, que ya podría aprender, al menos en eso, del Cardenal Bergoglio, alias Papa Francisco, quien ha aprovechado los votos navideños para cantarles las cuarenta a los suyos (que me da a mí que ya pueden los romanos ir buscando un puñaíto de paja seca y otra mojada, que a este le da una miajita de apechusque por casualidad y se lo meriendan antes de la Santa Cena).

 Vamos, que nuestro querido monarca siempre se ha caracterizado por ponerse de perfil, tan de perfil que en lugar de un Rey del siglo XXI parecía más un Faraón de los de siempre…

 ¿Pasará igual este año? ¿Habrán cambiado de guionistas en la Zarzuela, igual que de protagonista? ¿Veremos un spin-off de los mensajes anteriores o el mismo capítulo de siempre? La solución el 25 de diciembre, fun, fun, fun.

 

P.S.: Pasen una Navidad lo más feliz posible, e intenten sobrevivir a ella.

 

LA PODA

 

Sr. Don Felipe VI en ciernes.

 

Que conste que como la mayoría de españolitos ya estoy un tanto harto de toda la murga que unos y otros están dando con lo de la abdicación de su señor padre y la coronación de usía, por no hablar de los coros y danzas republicanos y sus palmeros, por lo que prometo ser breve y manifiesto mi firme propósito de no escribir ni una jota ya sobre el particular, pero no me resisto a fijar estas reflexiones formato calle cual flecha de parto, o zurullo, según lo vea cada cual.

 

Antes de que el personal le coja aún más ojeriza a la institución monárquica a la que usted va a representar, y si quiere evitar que a la primera mayoría parlamentaria que se muestre propicia a otra forma de gobierno, sea la república, sea la teocracia voodoo, talen el reinado de su árbol genealógico en este nuestro país, (que ya empezó mal con la semilla renegrida de su tocayo Felipe V), debería usted proceder a podar ciertas excrecencias que afean a la regia planta y que a poco que se eliminen podrían quizá revigorizarla, si es que las raíces mismas no se han visto ya afectadas.

 

Me estoy refiriendo obviamente a cosas tales como sueldos faraminosos para niñas de ocho años, al mantenimiento de ciertas prerrogativas del rey saliente, al aforamiento de don Juan Carlos una vez cese en sus funciones, al “aforramiento” de sus allegados y chupópteros afines y al suyo propio si se terciase, así como a todos aquellos fastos y gastos que no sean necesarios para el cumplimiento de lo que tiene encomendado, y a dejar de mantener a todos sus hermanos y vástagos respectivos (que así yo también me reproduzco, aunque sea por esporas, cuando hay personas que no pueden mantener a sus hijos), por no hablar de cacerías, correrías y otros dislates.

 

Porque la riqueza de todo hombre, y sobre todo la de uno que aspira a gobernarlos, no está en sus arcas, sino en la consideración en que se le tiene, y aunque parezca usted majete y aspirante a campechano, aunque un tanto tiesín, el personal está para pocas bromas y a poco que te descuides te montan una república, literally,  como habrá podido comprobar, y puesto que su Alteza-cuasi-Majestad está ahora en primera línea de tiro, deberá aprender de los errores de su predecesor, que no fueron pocos, todo sea dicho, aunque ahora, en este periodo de a rey muerto (es un decir) rey puesto, todo sean loas por su intervención en la transición, y lo demás pelillos a la mar, pobrica, por si no le echáramos ya bastantes porquerías. Y es que como diría Alfredo I el Cambiacapas, los españoles “enterramos bien”.

 

En sus manos está, pues, obtener esa consideración que le permita enraizar para poder aguantar cuando soplen malos vientos para la monarquía, y mire que por aquí se nota ya cierto fresquete.

INTERREGNO

En el Egipto de los faraones, durante el largo periodo de duelo entre dos monarcas se temía que sin la presencia de Faraón los malos espíritus invadieran el reino y los vecinos hicsos, hititas, nubios, y algún que otro sacerdote de Amón aprovecharan para darse un garbeo por Tanis, Menphis, Tebas, Heliopolis, Avaris o la capital de turno, a ver qué se cocía y que pillaban por ahí.

 

En este limbo regio en el que se halla la piel de vaca famélica que habitamos (ya resulta muy pretencioso llamarla la piel de toro), parece que la situación incierta en la que la inactividad legislativa durante los últimos 39 años nos ha dejado y el desconcierto subsiguiente, que si el rey se va, que si el otro viene, ha decidido a quienes abogan por la república a exigir un cambio de sistema político ipso facto y por la vía rápida gritando a viva voz lo que antes trasegaban entre dientes.

 

Es legítimo, evidentemente, reivindicar la república, y dado el escenario propicio, el hueco dejado por la legislación, meter en él la cabeza y aprovechar el eco para hacerse oír, convocando manifestaciones, concentraciones, usando los medios tradicionales y las redes sociales para extender el mensaje.

 

Pero se me da que igual de legítimo era reivindicar la república antes de este momento, sin que hasta ahora le haya parecido a este ciudadano de a pie y renqueante que lo pidieran con tanto ahínco, y mucho más lo será si, en próximas legislaturas, las fuerzas políticas que defienden la república aumentan su presencia en el parlamento, como parece que es la tendencia, hasta obtener la mayoría suficiente para imponerla mediante la reforma de la Constitución, cosa que ya tendrían, por otro lado, si el PSOE, al más puro estilo de la Casa Frey, no hubiese vuelto grupas renegando de su ideal republicano. Quién sabe, quizá en un futuro vuelven a cambiar de lealtades, se cuelgan la escarapela y cambian el nombre de la calle Ferraz por calle Los Gemelos.

 

Pero lo que ya me rasca un poco más es que se pretenda que ese cambio se haga por las buenas, engañando al personal pidiendo un cambio que hoy por hoy, según las reglas del juego y las fuerzas políticas, no puede darse, aumentando su frustración y el cabreo perpetuo que ya se va integrando en nuestro ADN ante tanta corná que nos van dando aquellos que están encantados con que el debate entre corona o gorro frigio, entre galgos y podencos, desvíe nuestra atención de la debacle sufrida y de las nuevas jugarretas que nos tienen preparadas y que nos van colando poco a poco mientras estamos en otras.

 

Ciudadanos, no nos desviemos de lo importante, no distraigamos el mensaje que ha parecido calar en el pueblo con el auge de nuevas fuerzas políticas que prometen una mayor justicia social con un esfuerzo que hoy por hoy no conduce a nada. Afianzad posiciones, ocupad las instituciones, controlad la cabecera de este tren y desde allí cambiad su rumbo, hacia la república y más allá si así se quiere. Vamos por el buen camino, que no haya de torcerse.

 

Porque, aunque la monarquía de uno sea una monarquía bananera, con yernos, elefantes,  osos borrachos y demás fauna, si uno cambia las reglas del juego a mitad de la partida se arriesga a que le hagan trampas, y a que otros a su vez pretendan cambiarlas razón propia en mano, y ya tenemos el lio montado, rompemos la baraja y sacamos las navajas, y que gane quien la tenga más larga.

Y si no, mira, puestos a ello, pido desde ya un referéndum para aprobar un matriarcado tribal, porque, ¿Quién es más sabia, cabal y lleva más razón que una madre?