PANAMA (OFF) SHORE

Por si se nos ocurría relajarnos una miajina en estas postrimerías de Semana Santa (perdón, fiestas de la primavera por aquí por el Levante), no fuera que echásemos a faltar nuestra ración de disgustos e indignación, ha aterrizado en nuestras vidas vía noticieros la última chufla que nos dedican con todo su amor los señores pudientes de este nuestro mundo.

Si las personas bienpensantes (de cerebro para afuera, al menos) se indignaban en su día con las andanzas de los cuerpos privilegiados y mentes pizpiretas de Gandia Shore y todos los Shores americanos que lo precedieron, donde Labrador, Clavelito, Ylenia y compañía daban rienda suelta a sus hormonas y neuronas (las unas más que las otras) sin hacer daño a nadie más que a la vergüenza ajena, llega a nuestras pantallas algo que a mí me indigna más que el reality en cuestión, puesto que en contra del guionizado desfile de bikinis y chupitos, esto es realidad de la buena.

Me refiero al “escándalo”, por unos días al menos, hasta que consigan que lo olvidemos o nos den otra alegría de las suyas, de los papeles de Panamá y de las sociedades off-shore, esas compañías completamente legales pero que según todos los expertos que estos dos días se encuentra uno en las radios, televisiones y supermercados sólo sirven para ocultar dinero, de modo que pretender que se ha constituido una para otra cosa es como decir que te has comprado un revólver para lavarte los dientes.

Añado las comillas al escándalo más que nada porque un servidor, desde su ignorancia, no se traga que nadie en este mundo mundial supiera nada de tamaño tinglado, sobre todo teniendo en cuenta los nombres, cargos, familias y fortunas de los protagonistas de tamaño show, el número de participantes, que darían para quinientas o seiscientas ediciones, como poco, y lo ecuménico de su origen, que permite afirmar que para los clientes de Mossack Fonseca no se ponía el sol.

A la subida de bilirrubina que da el descubrir, o redescubrir, o constatar, porque, para qué nos vamos a engañar, esto no sorprende a nadie, que los más poderosos y pastosos del planeta, alguno de ellos adalid a ultranza de la transparencia fiscal, ocultaban gran parte de sus ingresos a través de sociedades intermedias (pregunten a cualquier experto por un doble irlandés o el sándwich holandés, o mejor, búsquenlo en Google como todo el mundo, y descubrirán que no tiene nada que ver con Masterchef, ese es otro reality), se añade el ya demasiado familiar sentimiento de que se están cachondeando de uno continuamente, por no pasar al modo soez y reconocer abiertamente que están realizando con nosotros determinadas actividades retroactivas que implican el uso de un lubricante derivado del petróleo, si no se opta por la mantequilla.

Y es que resulta chocante e indignante que en un mundo en el que la tecnología, la intercomunicación y la sobreexposición a los medios digitales permite que sepan de nosotros hasta con cuantas cucharadas de azúcar tomamos el café, este tipo de cosas se sepan gracias a la actividad de grupos de prensa, cuando no de outsiders como los Assange, Snowden y compañía, que mira tu por donde, siempre acaban en el trullo, y no de quienes tienen la responsabilidad de perseguir tales prácticas.

Todo ello no nos lleva a pensar sino que, si la cosa no es por falta de medios, será por falta de ganas, y que quizá pase con las evasiones fiscales y demás chanchullos como con el racimo de uvas del Lazarillo de Tormes, y que si estos las toman de dos en dos, los otros las toman de tres en tres y por eso se callan.

Pero no nos engañemos, hay muchos Panamás, y no están tan lejos, y los que no nos pongan los cuernos fiscalmente hablando allí lo harán en Andorra, Gibraltar, Suiza, Liechtenstein, las Islas del Canal, Luxemburgo o Peluchistán.

Yo no sé en otros lugares, pero a mí, que vivo y sufro un país en el que sangran a los autónomos y crucifican a los curritos a base de impuestos y otros instrumentos de tortura, estas cosas me abren las carnes, y el hecho de que con sus explicaciones inverosímiles, cuando las dan, no hagan más que echar sal en la herida y que con un escándalo tras otro no la dejen cicatrizar, me dan ganas de dejarlos a todos en una isla trufadita de escorpiones y disfrutar de “Supervivientes” hasta quedarme dormido.

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