SIEMPRE NOS QUEDARA PARIS

Un periodista español preguntaba ayer a uno de Libération por qué en los medios de comunicación franceses no se veían imágenes cruentas de los atentados del viernes en París, por qué no más detalles “sabrosos” de las víctimas, como en los informativos casi gore que en el 11M hurgaron hasta en las últimas costuras de la barbarie, o en tantos otros sucesos que han servido de fiestas y ritos del morbo en nuestro país.

Inquiría el periodista de aquí si ello se debía a que las autoridades francesas ejercían algún tipo de presión y coartaban su libertad de expresión.

Y ante la perplejidad del españolito aquel señor, aún más extrañado por la pregunta, le contestaba que nada de eso, que precisamente en ejercicio de la libertad de expresión la gran mayoría de los medios elegía no publicar aquellas cosas porque no hacía falta, y que la información podía darse igual o mejor sin ellas.

La moraleja es que la libertad de expresión no debe interpretarse como una obligación de información, no quiere decir tener que publicar a granel hasta el último detalle morboso, mostrar hasta la última gota de sangre, perseguir a alguien en su dolor para exponer hasta su último gemido de angustia.

Aprendan, señores carniceros del periodismo patrio.

Afortunadamente, siempre nos quedará París.

 

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