VENDER SU ALMA

Olvídense de ambientes oscuros, luces encarnadas, sombras fantasmales y truenos escalofriantes. Olvídense de esos primos lejanos de Batman pasados de cocción con patas de chivo, cuernos, tenedor XXL y cola puntiaguda. Olvídense incluso de Al Pacino o Elizabeth Hurley (si pueden).

No, los tratos con el lado oscuro (el de esta parte de la galaxia), no son tan aparatosos, infrecuentes o extraordinarios como el cine, la literatura y el resto de artes podrían hacernos creer, sino que, muy al contrario, las transacciones comerciales y venta de conciencias a INFERNO’S S.A. son numerosas y constantes, y sus negocios van viento en popa desde que el mundo es mundo, y su chiringuito se parece más a Empeños a lo Bestia que a  la obra de Goethe.

Y  es que, lo queramos admitir o no, la mayoría de nosotros hemos vendido en algún momento nuestra alma al diablo, entera o a cachos, cada vez que hemos tomado un atajo moral, cada vez que hemos traicionado nuestra forma de ser o nuestras convicciones más profundas y últimas, cada vez que hemos mentido, perjudicado o ignorado a nuestros familiares, a nuestros amigos más queridos  o simplemente al prójimo de turno  para conseguir un objetivo trascendental o  un capricho fútil, para obtener un ficticio bienestar o evitar una conversación molesta o para alcanzar cualquier otra meta, por elevada o banal que fuera.

La decisión es en ocasiones difícil, pensada y costosa, en otras es tan banal o inconsciente como comprar un paquete de chicles, pero en cada uno de estos casos estamos cerrando el trato, dejando una parte de nosotros irrecuperable, marcando una muesca dolorosa y perpetua en nuestra conciencia, pues aun cuando podamos deshacer las consecuencias de nuestras acciones o decisiones, difícilmente escapamos a su recuerdo, que en el menor de los casos permanecerá incrustado en nuestro ser como una china en el zapato, como un acufeno en nuestros oídos o como una presencia molesta apercibida únicamente por el rabillo del ojo, y en el peor nos llevará a la pérdida total de nuestra esencia, cual Bastian en La Historia Interminable (la segunda parte, claro).

Y ese es precisamente el precio diario y cotidiano que pagamos por el pacto, y no un futuro y lejano baño eterno en marmitas hirvientes a lo Marina d’Or, o un chalet en alguno de los siete círculos del Averno.

Eso quien tenga algo que vender, claro, porque ahí abajo tienen a mucho desalmado en nómina que nos jode simplemente por oficio y profesionalidad (si, si, esos en los que están pensando…)

Quizá llegue el día de que nuestra actitud cambie y los podamos llevar a la bancarrota, pero al paso que vamos, y visto lo visto, la maldad humana es una buena inversión de Futuros.

P.S. Gracias por aguantar la moralina, no sé que m’ha dao.

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