LAISSEZ FAIRE, LAISSEZ PASSER, ET RAMASSEZ NOTRE MERDE.

Como ya advertí cuando a empecé a divagar por estos lares, no hablo desde el conocimiento ni desde la verdad absoluta, sino desde la impresión que deja en mí la información que poseo o que me llega, y más que un púlpito, esto pretende ser una invitación a la corrección y a la enmienda, si enmienda cabe, por quienes sean más duchos que yo en los temas que ataco.

Nuestro afortunado de hoy es el libre mercado, esa gran mentira preconizada por quienes siempre han hecho o pretenden hacer fortuna a costa de todos los demás.

Básicamente consiste, a mi modo de ver, en comerciar haciendo lo que a uno le venga en gana, sin ningún control de ninguna instancia superior, ni, dicho sea de paso, ninguna ética, enarbolando la bandera de la libertad y pescando allí donde haya abundancia de peces.

Eso si, mientras haya peces, por que cuando la acción salvaje del capitalismo agota los caladeros, o por lo que sea vienen mal dadas, o porque simplemente les conviene, los defensores del laissez faire se apresuran a aferrar las riendas del poder, que nunca soltaron, y pasarse al intervencionismo más opresivo, dictando leyes, imponiendo impuestos, repartiendo prebendas entre sus acólitos y “amueblando la casa a su gusto” con un doble objetivo.

En primer lugar, resarcirse de las pérdidas que hayan podido tener en sus locas correrías económicas, en segundo, preparar el terreno para nuevas aventuras.

Así, una vez que nos han cagado encima, pretenden que recojamos su mierda.

Tal que así lo vivimos en estos días, en los que los señores que en su día se enriquecieron con un comercio sin miramientos, con miras al único Dios del beneficio, atacando cualquier intento de fiscalización, se dedican ahora a exprimir a aquellos a quienes ya habían ordeñado para compensar sus desmanes, a saquear el país y a vender y repartirse las joyas de la abuela (entiéndase por abuela la sociedad entera), la sanidad, la educación, los servicios necesarios para su buen funcionamiento, su vida misma, entre unos pocos, al son de aquello de que los servicios públicos “no son rentables”.

Y digo yo, ¿Desde cuándo los servicios públicos han de ser rentables? ¿No es su esencia misma, su razón de ser, el procurar a una gran mayoría, con el concurso de todos, lo que de otro modo no podrían tener precisamente por su alto coste? ¿No es la función de la administración pública administrar y redistribuir la riqueza, ordenar la sociedad, en lugar de saquearla y custodiar el granero para que solo unos pocos puedan aprovechar lo cosechado?

Un servicio público no es un chiringuito de playa, no tiene que ser rentable, no tiene que dar beneficios, tiene que funcionar y servir a quienes lo mantienen con sus impuestos, a quienes pertenece, y no engordar los bolsillos de los mercachifles que no pueden ya llenarlos con sus trapicheos.

Los señores liberales pretenden quedarse con los huevos y con la gallina, sin repartirlos con quienes les procuran el grano, hasta que quienes no tengan más que tierra que comer rompan los huevos, estrangulen a la gallina y los cuelguen de un bonito árbol. Al tiempo.

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