LA NAVAJA DE OCKHAM

De verdad de la buena, he intentado resistirme al hecho de escribir sobre lo que en las últimas semanas viene siendo “lo único”, y no me estoy refiriendo al sexo, pero se me rebelaban las ideas cada vez que intentaba esquivar el tema de los dichosos sobres y los famosos libros de contabilidad que han resultado ser un misterio mayor que los manuscritos del Mar Muerto.
No soy nada científico, nada más lejos de mi ánimo y mi intención, pero a mi humilde entender a todo este embrollo es perfectamente aplicable el principio de parsimonia (y no me refiero a la prisa que se dan los implicados en aclararnos el asunto) o Navaja de Ockam.
Todos hemos oído hablar de esta máxima según la cual “La explicación más simple y suficiente es la más probable, aunque no necesariamente la correcta”. Hagamos el ejercicio examinando las dos posibilidades de “lo único”:
La primera teoría es que el tesorero-gerente de un partido en particular llevara una contabilidad, aunque sea a mano, como en las mercerías antiguas, con las entradas y salidas del parné, sea blanco, negro o sin color, como el vino de Asunción, cosa que ya se verá, o no.
La segunda teoría es que otro partido, cual conspiración judeo-masónica o best-seller de John Grisham, en lugar de estarse quietecito por aquello de que en todas partes cuecen habas, y algunos ya tienen el puchero lleno, haya sobornado a alguien con acceso a las cuentas del contrario para poder entresacar dos o tres apuntes verdaderos, los que han reconocido algunos de los perceptores del dinero y los que coinciden con algunas otras investigaciones, y después hayan contratado a Eric el Belga para que falsificara la letra del tesorero y cual amanuense rellenara los dichosos libros con esa información y otra de su exclusiva factura, a fin de desencadenar la indignación popular, a riesgo de que como se está viendo el cabreo del personal se dirija no solo contra el primer partido, sino también contra él y todo animal político que se menee.
Pues eso, que dejando a salvo la posibilidad de que la explicación más simple no sea la correcta, que en este mundo todo puede pasar, a mí me parece la más probable. Al tiempo.
Entretanto, día tras día y telediario tras telediario, le entran a uno ganas de sacar la navaja, y no precisamente la de Ockham, sino una de la buena tierra albaceteña. Y es que encima de todo lo que está chorreando, el colmo del cachondeo es que los dos principales partidos de la oposición pretendan ahora alcanzar un “pacto anticorrupción”, o que el Molt Honorable President, cuyo partido tampoco se salva del puchero, convoque una “cumbre anticorrupción”, es decir, que las zorras pretenden echar el currículum para cuidar del gallinero.
A mi todo esto me suena a que todos estos señores padecen un ataque de síndrome Münchhausen por poder, aquel en el que alguien provoca a propósito un daño a otro para después prestarle auxilio y obtener un reconocimiento.
Y es que algunos de nuestros queridos políticos, por no generalizar ya que alguno bueno habrá, aunque sinceramente creo que en muchos sitios hasta Abraham las pasaría canutas para encontrar a los verdaderamente justos, después de forrarse a nuestra costa, mangonear, gorronear, prevaricar, perfeccionar el noble arte del nepotismo y joder al personal a voluntad, cuando no por pura ineptitud o afán de notoriedad, pretenden ahora salvarnos de estos mismos males y quedar así como el Equipo A.
Bueno, pues bien pensado no es mala idea, si la solución a la corrupción pasa por su autoinmolación en masa.

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