FIESTAS Y RITOS DE LA OLIGARQUIA

Evidentemente no soy un sabio, por lo que no hablo con una autoridad que no tengo.  Tampoco un tertuliano radiofónico o televisivo, y no pretendo pues predicar desde las alturas de una clarividencia omnisciente, sino desde mi ignorancia subjetiva.

 

Reconozco que al principio de tomaba los cambios, medidas, recortes o ajustes, comoquiera que uno guste llamar a esas puñaladas traperas en el tejido social que estamos sufriendo, como una molestia, un fastidio, pero luego he llegado a desear que realmente la intención de quienes tan temerariamente nos hacen retroceder en el tiempo fuese solo fastidiarnos.

Y es que con el tiempo ha germinado en mí el convencimiento  de que el fin último, o al menos la consecuencia última e inevitable de la profunda transformación que está sufriendo nuestra sociedad no es sino el asedio y posterior sojuzgamiento de una gran parte de la sociedad a una minoría.

En lugar de curar al enfermo, como anunciaban, ciertos mercachifles y charlatanes a los que se les abrió las puertas ante sus promesas de salvación se han instalado en sus heridas, cual larvas parásitas que medran en la podredumbre. Gentes con una capacidad de decisión tal que aniquila toda posibilidad de contradicción, y que utilizan la crisis, real, innegable, trágica, tal vez provocada, como caballo de batalla para moldear el orden social a su antojo, bajo el estandarte del mal menor.

Por solo citar unos ejemplos sangrantes, la aniquilación del sistema de salud público, obligando a quienes no tienen a tener menos aún, pagando por servicios que deberían asegurar sus impuestos, y recibiendo a cambio mucho menos de lo que recibían, unido a la carga impositiva que se ensaña con las clases cada vez menos medias, cada vez más bajas, se une a su paulatina privación de recursos para hacerlos cada vez más dependientes y sumisos, obligarlos a concentrarse en el solo hecho de sobrevivir.

Asimismo, el desmembramiento del sistema educativo público, además de unirse a la sangría económica del pueblo, garantiza la perpetuación del nuevo orden insuflado desde la educación, abriendo un abismo entre quienes con alas de oro se elevan hacia las ventajas del saber y quienes, hacinados en centros sin recursos,  quedan atrapados en una red de trampas, filtros y cedazos, condenados a la ignorancia y, una vez más, al sometimiento.

Asistimos, señores, a las fiestas y ritos de la oligarquía.

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